El Duende de Quilaquila
Elias Zalles Ballivian
Hasta hoy
son proverbiales las asperezas y dificultades que ofrecen al viajero los
caminos, en la apartada provincia de Caupolicán, siendo antes, por lo escabroso
y desiertos, objeto de heroísmo para los que transitaban por ellos en larga y
fatigosa peregrinación, teniendo que medir forzosamente sus jornadas por las
postas o paraderos, distantes de ocho a diez leguas unos de otros.
Allá por
el año 1870 a 71, al término del bosque por el que ascendía el camino a
Pelechuco, a nueve leguas de éste pueblo, existía un rancho, al que se llegaba
después de fatigoso subir y bajar de todo el día por la desierta montaña que le
daba acceso, y en el que, por lo mismo, era forzoso el pasar la noche.
Aun
cuando había en el expresado rancho, una habitación techada y medianamente
confortable, los viajeros preferían alojarse fuera de ella, buscando sólo la
seguridad de sus bestias, en el canchón, soportando en sus personas la
inclemencia de la intemperie, no obstante las pésimas condiciones del lugar,
frecuentemente cubierto de densas nieblas y molestado por constantes lluvias,
sin querer penetrar en la habitación, siempre desocupada y como brindándose a
dar abrigo al aterido caminante.
. Era,
pues, de todos conocido la siniestra historia de la posada de Quilaquila, y
nadie que la supiese aventuraba a correr la suerte de los temerarios que habían
dejado el pellejo en el lugar, por haberse alojado en el citado desván, al que
le llamaban la tienda del Duende.
Era,
pues, de todos conocido la siniestra historia de la posada de Quilaquila, y
nadie que la supiese se aventuraba a correr la suerte de los temerarios que
hablan dejado en el lugar, por haberse alojado en el citado desván, al que le
llamaban la tienda del Duende.
Frente a
esa pieza había una pobrísima cocinita, habitada por un sujeto llamado Marcos,
el que se contentaba con cualquier pitanza, en cambio del forraje y el agua
caliente al que la pedía.
Refería
el buen Marcos, que un caballero, que se había alojado en el desván fronterizo
a su cocina, había amanecido muerto, sucediendo otro tanto a los que, no
obstante sus advertencias, habían ocupado el cuarto; por lo que él presumía que
aquel sitio fuese la mansión de algún fantasma o duende carnicero, que daba fin
con los que se le iban a las manos.
Como en
resguardo de su honorabilidad, nuestro hombre se tomaba el trabajo de presentar
en Pelechuco, los objetos que cada víctima del Duende dejaba a su muerte,
entregándolos a las autoridades; estas, viendo que las visitas de Marcos
menudeaban, creyeron de su deber averiguar la causa de tales fenómenos extraordinarios,
en los que entreveían la culpabilidad del que, con aparente honradez,
presentaba los despojos de las víctimas de Quilaquila. A fin de esclarecer la
verdad, acordaron sujetar a una estricta vigilancia a Marcos, de quien se sabía
que era el único habitante del lugar, para lo que comisionaron a dos vecinos,
de los más listos, encargándoles que no se separaran de aquel ni un solo
momento, a fin de sorprenderlo en su crimen e imponerle ejemplar castigo.
Los
comisionados se constituyeron en la posada, teniendo buen cuidado, por
supuesto, de no alejarse de la mansión del duende, habiéndose cerciorado, desde
luego, que ésta era una habitación destartalada y sucia, sin más menaje que un
catre de adobe. Como no tenía más comunicación que la puerta que daba al
canchón, con situarse en la cocina, podían los comisionados ejercer desde allí
la vigilancia que se les había encomendado.
Estos,
viendo que al cerrar la noche se apeaba de su rendido mulo un viajero,
impusieron a Marcos que se abstuviera de referir al pasajero la consabida
historia del duende y le ofreciese llanamente el cuarto. Así lo hizo nuestro
hombre con repugnancia, y el alojado se instaló en la morada del duende,
encendiendo una luz. Marcos se despidió dando a su huésped las buenas noches, dirigiéndole
una mirada compasiva y fue a situarse en su cocina en unión de los
comisionados, dominando apenas el remordimiento que le causaba entregar a
segura muerte a un inocente, sin advertirle el peligro.
En cuanto
se apagó la luz en la habitación del pasajero, Marcos se puso a echarle cruces,
invitando a sus compañeros a rezar un padrenuestro por el alma de aquél,
repitiendo: es hombre al agua, ¡está perdido!
Apenas
comenzó a clarear el día, Marcos y los comisionados, que no habían pegado los
ojos durante la noche, se dirigieron a la habitación fronteriza, cuya puerta
tocaron por repetidas veces, arreciando los golpes, sin obtener respuesta
alguna, forzaron la puerta y precipitándose adentro, quedaron atónitos ante el
cuerpo rígido del que horas antes les hablara con tanta animación; examinaron
el cadáver, en el que no encontraron lesión alguna, y, con ayuda de Marcos, lo
trasladaron al pueblo, donde dieron cuenta de su cometido al vecindario, el que
quedó horrorizado con la relación de los comisionados, quienes concluían
diciendo: -Juramos que ningún ser humano ha intervenido en esa muerte, la
existencia del fantasma es un hecho, ¡creer o reventar!
Entre
todos los que habían escuchado la relación sólo una persona se singularizaba
por su incredulidad: era el Párroco, que aunque no podía explicarse el
misterio, movía la cabeza en señal de duda, porque, decía que en sus libros de
teología no había encontrado cosa parecida a las conclusiones dadas por los
comisionados
.
.
II
Marcos se
hallaba rehabilitado ante la opinión de sus conciudadanos, de las sospechas que
sobre él habían recaído, y regresaba, no obstante, afligido por el
remordimiento de haber consentido en sacrificar la vida de un hombre a su
reputación; por lo mismo, estaba resuelto a oponerse a todo trance a que nadie
volviera a pasar la noche en la fatídica habitación.
Corrían
los días, cumpliendo Marcos con su propósito cuantas veces se presentaba la
ocasión, cuando una tarde se apeó en la posada un extranjero que, por lo jovial
y su locuacidad, parecía ser francés de nacionalidad. A la benévola acogida de
Marcos correspondió el turista con prodigalidad, exigiéndole que le
proporcionase toda la comodidad posible, y, como es natural, se resistió a dar
crédito a la consabida historia del duende, que cuanto antes le espetó el buen
Marcos, terminando por rogarle que de ningún modo se alojase en la habitación.
El
forastero se instaló, no obstante, en ella, hizo su cama en el poyo y sacando
su revólver, que colocó a la cabecera, dijo a su huésped: — Mire, amigo, yo no
le doy crédito a las relaciones que acaba de hacerme; si usted, o algún otro
hace aquí el papel de duende para aprovecharse de los despojos de los
pasajeros, sepa que le costará caro, porque, este revólver, que sé manejar con
primor, vengará a las víctimas de Quilaquila.
Vencido
con semejantes argumentos, salió Marcos de la habitación, despidiéndose hasta
la eternidad del bravo turista.
El
francés aseguró la puerta, recorrió con la luz en la mano todos los rincones de
la habitación, cerciorándose que no existía ninguna comunicación oculta en la
pieza que ocupaba, notando solamente una grieta que había en el viejo
tumbadillo, conservando prendida la vela hasta bien .tarde; al fin cansado de
esperar en vano al fantasma de que se le había hablado, apagó la luz y trató de
conciliar el sueño.
Marcos,
que observaba desde su cocina, apenas vio que la luz desaparecía, dio por
muerto al hombre y encomendó su alma. De improviso volvió a encenderse la luz y
enseguida se oyó una detonación, volviendo a producirse la oscuridad.
Al día
siguiente despertaba Marcos con voces afectuosas con que lo llamaba el presunto
muerto; frotándose los ojos para cerciorarse que no soñaba, se levantó, y
cuánta fue su admiración al ver al francés sano y bueno en la puerta de su
alojamiento: sobrecogido de terror en presencia de un ser que conceptuaba
sobrehumano, oyó las cariñosas expresiones del extranjero, que tomándolo de la
mano, le dice: —Buen hombre, yo había formado un mal concepto de usted con la
relación de increíbles fantasmas que me hizo anoche, y estaba resuelto a jugar
cara la partida; me propuse descubrir el ardid, dando fin con el que trataba de
burlarse de la credulidad para saciar su rapacidad. Dominé mi cansancio y me
propuse vigilar, apagué la luz para fingirme dormido, precipitando el desenlace
de mi aventura.
A pocos
minutos oí un pequeño ruido como crujido de cautelosa pisada, tomé al instante
mi revólver, encendí un fósforo, dirigí la vista instintivamente al tumbadillo
y vi que por la grieta aquella se había deslizado una inmensa araña que pendía
en dirección de la almohada, apunté sin vacilar y di en tierra con este
perverso animal, causa de tantas víctimas. Ahora pasaré a Pelechuco, donde daré
parte de lo ocurrido a las autoridades, para tranquilidad de ese pueblo y en
resguardo de la reputación de usted que ha de estar bien comprometida.
Sobre la
maleta que hacía de mesa de cabecera, se hallaba una apasanca (araña huesosa y
cubierta de pelusa café, especie de tarántula), del tamaño del puño del hombre,
la que había hecho su nido en el viejo tumbadillo de la habitación, y que,
deslizándose por la grieta que caía sobre el poyo que servía de lecho, se
descolgaba directamente a la sien del rendido pasajero y daba fin con su vida.
Tal era
el duende de la posada dé Quilaquila
El Tesoro Del Choqueyapu
Muy cerca
de un pueblito de nuestras tierras bolivianas cuyo nombre no hace al caso,
vivía hace muchísimo tiempo, un hombre sin más compañía que la de un
hermoso perro de Terranova.
No se
sabía de donde había llegado. Vivía a una milla de la aldea, en una antigua
ermita abandonada. Cultivaba un pequeño jardín de pensamientos negros que
eran sus flores favoritas. Por lo demás, su vida era un completo
misterio. Nadie sabía en qué ocupaba el tiempo. Iba cada mes a la
aldea a buscar lo necesario para su subsistencia y siempre pagaba sus compras
en brillantes pepitas de oro puro. Cuantas veces le interrogaron sobre su
vida nuestro hombre permanecía siempre callado. Ni siquiera pudieron
saber cómo se llamaba. Su aspecto era bondadoso su mirada dulce y perdida
en la lejanía. Tenía el rostro de color de cera, rodeado de una larga e
inculta barba negra.
Por la
moneda que gastaba, se presumía en la aldea que era un minero huraño que había
descubierto riquísimos yacimientos auríferos; pero el secreto de estas minas
eran todavía más impenetrables que su misma vida.
Muchos
vecinos ambiciosos se habían propuesto seguirle a hurtadillas para sorprender
el secreto, pero tuvieron que renunciar a sus propósitos, pues, nuestro hombre,
que teñía una mirada de águila, en cuanto veía que algún intruso hollaba sus
dominios enviaba contra él a su enorme perro, que abalanzándose a la garganta
daba buena cuenta del intruso. Y si faltaba a esto, él mismo echándose el
rifle a la cara mataba al merodeador con un balazo certero.
Escarmentados
los aldeanos, cesaron de molestar al hombre misterioso, a quien por sus maneras
raras consideraban como un loco.
Sucedió
una vez que nuestro hombre dejó de hacer sus acostumbradas visitas a las
tiendas de la aldea, con visible desagrado de los comerciantes que dejaban de
recibir en pago las codiciadas pepitas de oro.
Al fin,
después de algún tiempo, llegó corriendo su terrible perro guardián provisto de
una bolsa sobre la espalda, entró sin titubear a la casa del farmacéutico y
alcanzó a éste un papel que llevaba entre los dientes. Era una lista que
el solitario enviaba pidiendo algunos medicamentos. Cuando el inteligente
animal estuvo despachado, abrió aún más la boca y, levantando su lengua, puso a
la vista del comerciante una gruesa pepa de oro. Era el pago de las
drogas entregadas.
La
noticia de la enfermedad del hombre misterioso cundió en la aldea. Casi
todos los vecinos, reuniéndose en casa del Corregidor, resolvieron ir en
corporación a visitarlo. A las claras se veía que tal visita no era para
cumplir una de las obras de caridad, sino para ver de dónde sacaba el oro.
Al día
siguiente salieron todos los aldeanos en dirección a la ermita abandonada.
Nadie había querido quedarse por no dejar de percibir algún provecho
apoderándose del caudal del enfermo. Por el aspecto de la comitiva y por
las variadas armas que llevaban, parecía más bien que iban en son de combate
antes que en auxilio de un paciente.
Al fin,
desde medio camino divisaron la ermita con las debidas precauciones se fueron
aproximando, era que temían ver salir, de un momento a otro, al solitario con
el fusil en la mano o a su temible perro.
El Duende de Quilaquila
Elias Zalles Ballivian
Hasta hoy
son proverbiales las asperezas y dificultades que ofrecen al viajero los
caminos, en la apartada provincia de Caupolicán, siendo antes, por lo escabroso
y desiertos, objeto de heroísmo para los que transitaban por ellos en larga y
fatigosa peregrinación, teniendo que medir forzosamente sus jornadas por las
postas o paraderos, distantes de ocho a diez leguas unos de otros.
Allá por
el año 1870 a 71, al término del bosque por el que ascendía el camino a
Pelechuco, a nueve leguas de éste pueblo, existía un rancho, al que se llegaba
después de fatigoso subir y bajar de todo el día por la desierta montaña que le
daba acceso, y en el que, por lo mismo, era forzoso el pasar la noche.
Aun
cuando había en el expresado rancho, una habitación techada y medianamente
confortable, los viajeros preferían alojarse fuera de ella, buscando sólo la
seguridad de sus bestias, en el canchón, soportando en sus personas la
inclemencia de la intemperie, no obstante las pésimas condiciones del lugar,
frecuentemente cubierto de densas nieblas y molestado por constantes lluvias,
sin querer penetrar en la habitación, siempre desocupada y como brindándose a
dar abrigo al aterido caminante.
. Era,
pues, de todos conocido la siniestra historia de la posada de Quilaquila, y
nadie que la supiese aventuraba a correr la suerte de los temerarios que habían
dejado el pellejo en el lugar, por haberse alojado en el citado desván, al que
le llamaban la tienda del Duende.
Era,
pues, de todos conocido la siniestra historia de la posada de Quilaquila, y
nadie que la supiese se aventuraba a correr la suerte de los temerarios que
hablan dejado en el lugar, por haberse alojado en el citado desván, al que le
llamaban la tienda del Duende.
Frente a
esa pieza había una pobrísima cocinita, habitada por un sujeto llamado Marcos,
el que se contentaba con cualquier pitanza, en cambio del forraje y el agua
caliente al que la pedía.
Refería
el buen Marcos, que un caballero, que se había alojado en el desván fronterizo
a su cocina, había amanecido muerto, sucediendo otro tanto a los que, no
obstante sus advertencias, habían ocupado el cuarto; por lo que él presumía que
aquel sitio fuese la mansión de algún fantasma o duende carnicero, que daba fin
con los que se le iban a las manos.
Como en
resguardo de su honorabilidad, nuestro hombre se tomaba el trabajo de presentar
en Pelechuco, los objetos que cada víctima del Duende dejaba a su muerte,
entregándolos a las autoridades; estas, viendo que las visitas de Marcos
menudeaban, creyeron de su deber averiguar la causa de tales fenómenos extraordinarios,
en los que entreveían la culpabilidad del que, con aparente honradez,
presentaba los despojos de las víctimas de Quilaquila. A fin de esclarecer la
verdad, acordaron sujetar a una estricta vigilancia a Marcos, de quien se sabía
que era el único habitante del lugar, para lo que comisionaron a dos vecinos,
de los más listos, encargándoles que no se separaran de aquel ni un solo
momento, a fin de sorprenderlo en su crimen e imponerle ejemplar castigo.
Los
comisionados se constituyeron en la posada, teniendo buen cuidado, por
supuesto, de no alejarse de la mansión del duende, habiéndose cerciorado, desde
luego, que ésta era una habitación destartalada y sucia, sin más menaje que un
catre de adobe. Como no tenía más comunicación que la puerta que daba al
canchón, con situarse en la cocina, podían los comisionados ejercer desde allí
la vigilancia que se les había encomendado.
Estos,
viendo que al cerrar la noche se apeaba de su rendido mulo un viajero,
impusieron a Marcos que se abstuviera de referir al pasajero la consabida
historia del duende y le ofreciese llanamente el cuarto. Así lo hizo nuestro
hombre con repugnancia, y el alojado se instaló en la morada del duende,
encendiendo una luz. Marcos se despidió dando a su huésped las buenas noches, dirigiéndole
una mirada compasiva y fue a situarse en su cocina en unión de los
comisionados, dominando apenas el remordimiento que le causaba entregar a
segura muerte a un inocente, sin advertirle el peligro.
En cuanto
se apagó la luz en la habitación del pasajero, Marcos se puso a echarle cruces,
invitando a sus compañeros a rezar un padrenuestro por el alma de aquél,
repitiendo: es hombre al agua, ¡está perdido!
Apenas
comenzó a clarear el día, Marcos y los comisionados, que no habían pegado los
ojos durante la noche, se dirigieron a la habitación fronteriza, cuya puerta
tocaron por repetidas veces, arreciando los golpes, sin obtener respuesta
alguna, forzaron la puerta y precipitándose adentro, quedaron atónitos ante el
cuerpo rígido del que horas antes les hablara con tanta animación; examinaron
el cadáver, en el que no encontraron lesión alguna, y, con ayuda de Marcos, lo
trasladaron al pueblo, donde dieron cuenta de su cometido al vecindario, el que
quedó horrorizado con la relación de los comisionados, quienes concluían
diciendo: -Juramos que ningún ser humano ha intervenido en esa muerte, la
existencia del fantasma es un hecho, ¡creer o reventar!
Entre
todos los que habían escuchado la relación sólo una persona se singularizaba
por su incredulidad: era el Párroco, que aunque no podía explicarse el
misterio, movía la cabeza en señal de duda, porque, decía que en sus libros de
teología no había encontrado cosa parecida a las conclusiones dadas por los
comisionados.
II
Marcos se
hallaba rehabilitado ante la opinión de sus conciudadanos, de las sospechas que
sobre él habían recaído, y regresaba, no obstante, afligido por el
remordimiento de haber consentido en sacrificar la vida de un hombre a su
reputación; por lo mismo, estaba resuelto a oponerse a todo trance a que nadie
volviera a pasar la noche en la fatídica habitación.
Corrían
los días, cumpliendo Marcos con su propósito cuantas veces se presentaba la
ocasión, cuando una tarde se apeó en la posada un extranjero que, por lo jovial
y su locuacidad, parecía ser francés de nacionalidad. A la benévola acogida de
Marcos correspondió el turista con prodigalidad, exigiéndole que le
proporcionase toda la comodidad posible, y, como es natural, se resistió a dar
crédito a la consabida historia del duende, que cuanto antes le espetó el buen
Marcos, terminando por rogarle que de ningún modo se alojase en la habitación.
El
forastero se instaló, no obstante, en ella, hizo su cama en el poyo y sacando
su revólver, que colocó a la cabecera, dijo a su huésped: — Mire, amigo, yo no
le doy crédito a las relaciones que acaba de hacerme; si usted, o algún otro
hace aquí el papel de duende para aprovecharse de los despojos de los
pasajeros, sepa que le costará caro, porque, este revólver, que sé manejar con
primor, vengará a las víctimas de Quilaquila.
Vencido
con semejantes argumentos, salió Marcos de la habitación, despidiéndose hasta
la eternidad del bravo turista.
El
francés aseguró la puerta, recorrió con la luz en la mano todos los rincones de
la habitación, cerciorándose que no existía ninguna comunicación oculta en la
pieza que ocupaba, notando solamente una grieta que había en el viejo
tumbadillo, conservando prendida la vela hasta bien .tarde; al fin cansado de
esperar en vano al fantasma de que se le había hablado, apagó la luz y trató de
conciliar el sueño.
Marcos,
que observaba desde su cocina, apenas vio que la luz desaparecía, dio por
muerto al hombre y encomendó su alma. De improviso volvió a encenderse la luz y
enseguida se oyó una detonación, volviendo a producirse la oscuridad.
Al día
siguiente despertaba Marcos con voces afectuosas con que lo llamaba el presunto
muerto; frotándose los ojos para cerciorarse que no soñaba, se levantó, y
cuánta fue su admiración al ver al francés sano y bueno en la puerta de su
alojamiento: sobrecogido de terror en presencia de un ser que conceptuaba
sobrehumano, oyó las cariñosas expresiones del extranjero, que tomándolo de la
mano, le dice: —Buen hombre, yo había formado un mal concepto de usted con la
relación de increíbles fantasmas que me hizo anoche, y estaba resuelto a jugar
cara la partida; me propuse descubrir el ardid, dando fin con el que trataba de
burlarse de la credulidad para saciar su rapacidad. Dominé mi cansancio y me
propuse vigilar, apagué la luz para fingirme dormido, precipitando el desenlace
de mi aventura.
A pocos
minutos oí un pequeño ruido como crujido de cautelosa pisada, tomé al instante
mi revólver, encendí un fósforo, dirigí la vista instintivamente al tumbadillo
y vi que por la grieta aquella se había deslizado una inmensa araña que pendía
en dirección de la almohada, apunté sin vacilar y di en tierra con este
perverso animal, causa de tantas víctimas. Ahora pasaré a Pelechuco, donde daré
parte de lo ocurrido a las autoridades, para tranquilidad de ese pueblo y en
resguardo de la reputación de usted que ha de estar bien comprometida.
Sobre la
maleta que hacía de mesa de cabecera, se hallaba una apasanca (araña huesosa y
cubierta de pelusa café, especie de tarántula), del tamaño del puño del hombre,
la que había hecho su nido en el viejo tumbadillo de la habitación, y que,
deslizándose por la grieta que caía sobre el poyo que servía de lecho, se
descolgaba directamente a la sien del rendido pasajero y daba fin con su vida.
LOS DOS HUÉRFANOS
Olvidábamos
decir que entre la comitiva de aldeanos habían también formado Luquitas e
Isabelita, dos pobres huerfanitos que vivían en la aldea; habían quedado
completamente desamparados desde la muerte de sus padres, ocurrida años antes a
causa de que el pobre hombre, trabajando en una mina para sostener su familia,
había contraído una enfermedad incurable.
Durante
la ausencia del padre, la mamá, una señora muy buena y que los quería mucho,
también cayó enferma y de un mal tan maligno que no tardó en llevarla a la
tumba. Los pobres chiquitines la atendieron como pudieron pero no
lograron evitar el fatal desenlace. Los aldeanos, que eran gente egoísta no le
brindaron ningún apoyo y como consecuencia de esto murió en el más completo
desamparo dejando a sus hijos, huérfanos, nadie les ofreció un solo mendrugo de
pan.
Llegó el
padre casi moribundo, y no hizo más que ocupar el miserable lecho de la
difunta. El rudo trabajo en una negra y húmeda mina le había destrozado los
pulmones. Durante largo tiempo los dos niños se constituyeron en los más
solícitos enfermeros, pero, como eran pobres y no merecieron ninguna ayuda del
vecindario, tuvieron que ver con profundo dolor lo que su pobre papaíto se
moría sin remedio.
Murió el
padre y los dos niños quedaron solos en el mundo, sin más subsistencia que la
que podía proporcionarles su trabajo. Luquitas enseñaba a leer, a los
niños de aldea e Isabelita vendía tejidos y costura que su madre le había
enseñado a hacer.
En cuanto
supieron que el solitario de la ermita estaba enfermo, ellos, bajo el impulso
de su buen corazón y acordándose de lo mucho que habían sufrido sus padres
cuando estuvieron enfermos, se propusieron ir a la ermita a auxiliar al
solitario y aprovechar de todo lo que habían aprendido en la atención a sus
mismos padres en su dolencia.
Por esto,
en lugar de llevar armas como los demás aldeanos, Luquitas llevó cuanto remedio
les había quedado, e Isabelita fue a vender un lindo tejido que había concluido
y con el producto compró una vasija llena de leche.
Antes de
entrar a la ermita, los aldeanos, temerosos siempre de que el hombre se
defendiera, prepararon sus armas. Entre la semiobscuridad de la
habitación, pudieron distinguir al enfermo tendido sobre un tosco lecho.
La barba negra y espesa acentuaba más la lividez de su rostro.
Tenía los ojos cerrados y la boca entreabierta por la fiebre, la humedad
del sudor frío le había pegado los cabellos a la frente. Casi no daba
señales de vida.
El perro,
aquel terrible y vigoroso animal que tanto miedo les había infundido, estaba
acurrucado al pie de su amo, y en lugar de acometer a los importunos se
contentó con gruñir melancólicamente.
Los
aldeanos, animados por la extraña pasividad del animal, fueron invadiendo
totalmente la habitación. Pero, en lugar de hacer lo que realmente
procedía en aquellos casos o sea auxiliar afanosamente al desdichado enfermo,
se concretaron a examinar todos los rincones, esperando siempre encontrar el
depósito de oro que tanto codiciaban. Revolvieron y traficaron todo, no dejaron
ningún objeto en su sitio y, hasta tal punto llegó su ambición, que se
atrevieron a introducir las manos bajo de la almohada del enfermo. Más, todo
fue inútil: no hallaron ni la menor huella del precioso metal.
Cansados
por tan vanos afanes, resolvieron irse de allí. Y esos hombres,
enceguecidos por la avaricia y el afán de robo, en lugar de prestar siquiera
algún auxilio al moribundo, salieron de allí sin que nada les importara el
solitario.
INOCENCIA Y CARIDAD
Solamente
nuestros dos huerfanitos Luquitas e Isabeiita, quedaron en la ermita.
Silenciosos y humildes habían permanecido junto a la puerta sin atreverse a
penetrar mientras los aldeanos revolvían todo. Después, cuando la gente
salió para regresar a la aldea, ellos, temerosos se hicieron a un lado para no
estorbar. Sólo cuando todos se hubieron alejado, los dos niños se
atrevieron a entrar en la ermita. Se acercaron solícitos al lecho del
enfermo, y mientras Luquitas examinaba al paciente para saber cómo debía
curarlos, Isabelita recogía y ponía en orden todo cuanto los
ambiciosos aldeanos habían desordenado.
Entonces
ocurrió algo extraño. El enfermo que hasta ese momento parecía sin
conocimiento, abrió los ojos para observar complacido todo cuanto hacían los
niños. Luquitas, muy preocupado con su papel de médico había echado unas gotas
del líquido que tenía en una botella, después extrajo el ungüento que tenía en
una cajita y con ambas cosas comenzó a hacer fricciones en el pecho del
enfermo. En seguida ordenó a su hermana que calentara un poco de leche
que había llevado, lo que Isabelita se apresuró a cumplir inmediatamente.
Mientras
la niña atizaba el fuego para calentar la leche, Luquitas le habló así:
- Isabelita,
¿note recuerda este buen hombre a nuestro querido papá? Mírale.
Parece que sufre mucho. ¡Pobrecito!
- Si,
dijo la niña, cuánto debe sufrir, y tan abandonado. Oh, si
pudiéramos curarle, cuan felices seríamos.
Después,
fijándose en el perro, la niña le dijo acariciándole:
- Pobrecito.
Si muriera tu amo, te quedarías también huérfano como nosotros.
Nadie té daría un pedazo de pan. Y para comer tendrías que trabajar
mucho.
- No,
le interrumpió Luquitas. Si este perro queda huérfano, nosotros lo
llevaremos a nuestra casita, y allí los tres huérfanos pasaremos la vida
de la mejor manera posible. El será un noble y leal compañero.
El animal
parecía que comprendiera las generosas palabras de los chicos y se les
aproximaba a lamerles cariñosamente las manos.
La leche
del jarro comenzó a hervir, y la muchaca ofreció al enfermo una taza humeante.
Luquitas, haciendo un esfuerzo supremo, logró incorporarlo cuidadosamente sobre
la cama.
El
solitario, que había estado escuchando embelesado todo cuanto manifestaban los
niños, ya no pudo contener más tiempo su emoción y, olvidando su estado,
extendió los brazos y estrechó tiernamente contra su corazón a sus dos pequeños
enfermeros.
Gracias,
Dios os los pague, niños caritativos, les dijo. Cuan distintos sois de
los que han venido hace un momento.
Después
recibió la leche que le ofrecía la niña y la sorbió poco a poco, notándose que
le producía un gran alivio. Se notaba que en gran parte su postración era
debida a falta de alimentos.
Cuando
hubo apurado todo el contenido de la taza, isabelita le preguntó si quería más.
Aceptó de mil amores el enfermo, y la niña le sirvió una segunda taza y aún le
obligó a tomarse otra más.
Nuestro
hombre, reconfortado ya de su dolencia, se sentó en el lecho, llamó junto a sí
a los niños y haciéndoles tomar asiento sobre su mismo lecho comenzó a hablar.
Les
manifestó que, si bien su mal era bastante grave que le impedía levantarse de
la cama, no había perdido ni un momento el conocimiento. Pero, cuando vio
que llegaban los aldeanos, adivinando sus perversas intenciones, se había hecho
el inconsciente, para observar hasta dónde llegaba la maldad de aquellos; al
mismo tiempo había recomendado a su fiel perro que permaneciera quieto aunque
los aldeanos llegaran al caso de ofenderlo.
- Ahora,
les dijo enseguida, si es verdad que me he convencido que esos aldeanos
son completamente incapaces de la menor obra buena, en cambio he tenido la
satisfacción de conoceros y comprender vuestra triste situación. Desde
ahora ya no seréis huérfanos. Os adopto como a mis hijos.
EL RELATO DEL MINERO
Luquitas
e Isabelita, locos de contento, abrazaron cariñosamente a su protector y desde
ese momento se quedaron junto al enfermo, cuidándole con tierna solicitud.
Cuando
llegó la noche, los chiquillos se improvisaron de la mejor manera que pudieron
sus camitas en la misma ermita; el enfermo, ya bastante reconfortado con la
atención cariñosa de los dos huerfanitos, les dijo que por primera vez les
contaría el secreto de su vida y la causa de su misteriosa conducta con los
aldeanos. Ordenó al perro que saliera a hacer guardia para impedir que
ningún curioso se aproximara a la ermita mientras él hacía la relación de su
vida.
Los
niños, ansiosos de escucharle, se acurrucaron junto a la cama del enfermo y
éste comenzó lentamente su historia.
- Yo
vivía en un lejano país. Tenía dos hijos hermosos y buenos corno
vosotros. Su madre, mi esposa, era una santa mujer. Era feliz.
Tenía lo suficiente para pasar una vida holgada y agradable.
Mi única preocupación era aumentar mis bienes para satisfacción de
mi familia, y por ello trabajaba con todo ahínco. En el banco donde
yo trabajaba en un cargo importantísimo, se produjo, de pronto, un gran
robo por el cual habían victimado al cajero. Los verdaderos autores del
doble crimen que eran hombres de in-fluencia, lograron salir ilesos, pero,
en cambio, presentaron el hecho de tal modo que yo resulté culpable ante
la justicia. Por mucho que me esforcé en probar mi inocencia, todo
fue inútil. El tribunal me sentenció a diez años de presidio.
Loco de pesar fui arrancado del seno de mis pobres hijos y dé mi
esposa, para ir a cumplir mi condena. Al poco tiempo mi esposa murió
con la pena de mi desgracia, y mis desdichados hijos quedaron
completamente desamparados, sin que nadie tuviese piedad de ellos.
Al fin, los pobres niños, sin que nadie los auxiliara, no tardaron
también en morir de miseria. Yo nada sabía de todo esto. Los años de
mi prisión fueron pasando lentamente sin que yo tuviera noticias de los
míos. Cuando al cabo de diez años salí de la cárcel y volví a la
ciudad, supe que ya no tenía familia. Mis pobres hijos, privados de
mi apoyo por una enorme injusticia, estaban enterrados desde largo tiempo
atrás. Como podréis imaginar, yo creí morir de desesperación. Por un
momento hasta pensé en matarme. ¿Para qué iba a vivir? ¿Para quién
ya iba a trabajar? Sin fe en la vida y sin entusiasmo para nada,
resolví ir a esconder mis últimos días en algún ignorado rincón, lo más
lejos posible de mi patria. De este modo el azar me trajo aquí. Vi
esta ermita abandonada y aquí me establecí, con el propósito de no entrar
nunca en relación con nadie, porque todos los hombres me inspiraban odio.
En cada uno veía el malvado que no pudo dar a mis hijos un pedazo de
pan para su hambre cuando se hallaban indefensos y desamparados.
LA HISTORIA DE UN TESORO
Al
principio, resolví vivir de la manera más modesta posible y para ello comencé a
cultivar un pequeño campo cerca de la ermita, cuando la casualidad me hizo
dueño del tesoro más inmenso del mundo. Una noche, después de haber
acopiado una cantidad considerable de madera para entablar el piso de esta
ermita que era demasiado húmedo, resolví antes remover un poco la tierra del
suelo para igualar su superficie. Con la herramienta comencé
mi trabajo, cuando de pronto el azadón chocó con algo metálico y muy resistente.
Extrañado del hecho me propuse averiguar lo que era. Cuál no sería mi
sorpresa al encontrarme con una gruesa plancha de cobre macizo. Sin duda
era la entrada a alguna cámara secreta. Quise levantar la plancha, pero
no pude; estaba perfectamente empotrada en el suelo, sin dejar la más leve
ranura para poder introducir la punta de un cuchillo. Aquella noche tuve
que renunciar la prosecución de mi descubrimiento. Varios días pasé
viendo la manera de poder abrir o levantar la plancha de cobre, pero en vano.
Fue entonces que mi leal e inteligente perro vino en mi ayuda, comprendiendo
mis inútiles afanes él se puso a husmear y escarbar por distintos lugares
del piso, hasta que se detuvo definitivamente en aquel
extremo de la habitación arañó furiosamente y fue sacando tierra y guijarros
hasta cavar un profundo hoyo. De repente metió el hocico y se puso a
ladrar alegre, mirándome y como invitándome a que me aproximara. Yo, que
no perdía ni uno de sus movimientos, me acerqué al agujero y descubrí una especie
de palanca del mismo metal que la plancha, tiré fuertemente de ella y recién
pude lograr que la plancha se levantara sin más esfuerzo. Bajé al fondo
obscuro de la cámara que se abrió y encendiendo una luz me quedé maravillado
ante el más extraordinario espectáculo: la cámara era una gran sala de piedra,
semejante a las construcciones de Tiahuanacu, no había ni una sola parte de los
muros y del suelo que tuviera piezas o añadidos, toda la cámara era de una sola
pieza como si la hubiesen labrado en una enorme roca.
En cada
esquina estaba en actitud de guardia una enorme chullpa o momia de quién sabe
qué raza hoy desconocida. Contra una de las paredes estaban apilados más
de cincuenta cofres de cobre macizo. Me acerqué para ver lo que uno de
ellos contenía, levanté con esfuerzo la tapa y quedé más maravillado aún al ver
que contenía bolsas de cuero llenas de pepitas de oro nativo.
Al
principio me pareció un sueño lo que veía, pero poco a poco, fui reflexionando
y recordando los estudios que hice en mi país sobre la historia de la América y
especialmente de Bolivia y entonces tuve la convicción de que lo que yo había
hallado era un tesoro oculto tal vez desde el tiempo en que los habitantes de
Tiahuanacu tenían su gran imperio. Esas ricas pepas de oro no podían pues
ser otras que las recogidas entre las arenas del río Choqueyápu, que hasta
ahora es rico en este precioso metal. Acaso si en aquellos lejanos
tiempos abundara tanto el oro que se lo recogía a puñados, sin tener más
trabajo que el de escoger entre la arena de la orilla.
Yo
resultaba desde aquel momento más afortunado aún que los hombres antiguos, pues
podía tomar el oro a puñados sin haber tenido siquiera el trabajo de escogerlo
en la arena.
Al verme
dueño de una fortuna fabulosa, no sentí sin embargo, el placer correspondiente.
Al pensar que el capricho de la suerte me había dado tanta riqueza, cuando ya
mi familia había perecido de hambre, hizo más amarga e irónica mi situación, de
tal modo que resolví despreciar esa fortuna y sólo servirme de ella para vivir
con la misma modestia que días antes. Cada mes tomaba lo necesario de una
de esas bolsas para ir a la aldea y comprar lo que me hiciera falta. Pero
cuidaba siempre de no sacar sino lo preciso, pues, podía ser que algún hombre,
intrigado con la moneda que yo gastaba, me siguiera la pista y me matara.
Si llegaba ese caso, el secreto moriría conmigo. También me
preocupé de esconder como un avaro la cámara y el secreto para abrirla; para
ello, construí en varios meses un piso de madera que cubriera perfectamente
todo el suelo de la habitación. Para cuando yo quisiera levantarlo, preparé
pacientemente un mecanismo que, mediante una combinación de palancas me
permitiera elevar y bajar al citado piso cuando fuera necesario.
Entonces
el hombre les indicó en el arco de la puerta un dispositivo disimulado en el
fondo de una grieta, Luquitas, por indicación del enfermo, empujó con el dedo y
vio que el enfermo en su cama y su hermanita, empujados por todo el piso de la
ermita se elevaban lentamente y que por debajo aparecía la plancha y la palanca
de que les había hablado su amigo. Volvió a tocar el niño el resorte y el
piso descendió nuevamente hasta ocupar su antigua posición.
Ahora,
sabéis, les dijo el enfermo, ¿por qué, mientras los aldeanos lo estaban registrando,
yo estaba tan quieto, haciéndome el agonizante?
- Porque
era imposible que dieran con la gruta - le contestó Luquitas.
Como era
ya muy tarde, resolvieron dormirse, dejando para el siguiente día todos los
nuevos planes de vida que debía seguir en adelante la nueva familia.
El
solitario se durmió serenamente y con el espíritu lleno de satisfacción.
Pensaba que ya no era solo, que ya tenía hijos para quienes sería, desde
ese momento, su riqueza y cariño. Parecía que hubiera resucitado, que sus
verdaderos hijos estaban nuevamente a su lado. Cuánto bien había hecho a
su alma al acoger a esos dos tiernos huerfanitos.
Luquitas
e Isabelita, por su parte, se durmieron contentísimos. Su vida, hasta
entonces tan triste y tan desesperada, iba a cambiar ya no serían los
huerfanitos solitarios de antes, tendrían un protector, un segundo padre que
los quisiese y los defendiera de tanto malvado como abundaba en la aldea.
También serían ricos, muy ricos, pero esto era para ellos, almas
generosas, lo secundario: lo más bello que podían desear era tener papá, hallar
un nuevo ser que los acariciara como supo hacerlo su buen padre, ya difunto,
que les hablara con ternura. Oh qué lindo sería tener a quién dar el
dulce e incomparable título de papá.
LA PRISIÓN DE LUQUITAS Y DE SU
HERMANITA
Al día
siguiente, los niños prepararon el desayuno del enfermo y luego Luquitas le
hizo otra curación que produjo muy buen efecto.
Pasaron
los días, y los niños ya no se separaron más de su protector. Al
contrario, cada día se fueron queriendo más y más. El hombre, radiante de
dicha, los acariciaba, y los niños besaban al hombre llamándole papá.
Al cabo
de algún tiempo el enfermo se halló fuera de todo peligro. Más que los
remedios y alimentos, parecía que el cariño de los dos generosos niños, le iba
devolviendo la salud perdida. Hasta que una bella mañana de abril, el
solitario pudo salir a sentarse a la puerta de la ermita, ayudado por los dos
niños, a la sombra de un florido rosal. Desde allí el convaleciente
aspiró con fruición la brisa saludable del campo, mientras jugaba con los
ensortijados cabellos de sus hijos adoptivos.
Recién
entonces el hombre misterioso pudo fijarse en el raído y miserable traje de los
dos niños, que contrastaba con sus risueñas y lindas caritas. Entonces
les dijo que eso no podía seguir y que fueran inmediatamente a la aldea a
comprar unos trajes decentes y nuevos, para lo cual les dijo, que, tal como ya
les había enseñado, abrieran la cámara y extrajeran algunas pepas de oro para
pagar la mercadería. Los niños, muy contentos, hicieron maniobrar los
mecanismos, penetrando de un salto a la cámara del tesoro y pudieron
convencerse, por sus propios ojos de cuanto les había referido el solitario.
Tomaron al azar una bolsita de cuero y extrajeron algunas pepas auríferas y,
después de deleitarse por unos momentos contemplando tanta maravilla, salieron
a la superficie, cerraron la entrada y bajaron al piso.
Partieron
los niños y al cabo llegaron a la aldea. Su presencia fue objeto de los
más vivos comentarios entre los aldeanos, pues se había notado su larga
ausencia que precisamente coincidía con la visita a la ermita. Mayor fue
el asombro de esa gente, cuando vieron a los niños comprar los trajes que
fueron pagados con brillantes pepitas, tal como antes acostumbraba pagar el
extranjero de la ermita.
La
noticia de que los dos huerfanitos, antes tan pobres y abandonados, habían
comprado lindos vestiditos, se extendió rápidamente por la aldea, dando lugar a
las más antojadizas conjeturas: alguien afirmaba que Luquitas y su hermana
habian logrado lo que en vano ellos habían intentado en su visita a la ermita;
otros decían que el loco había simpatizado con ellos y que les había regalado
una parte de su tesoro; y no faltaba alguno más perverso, que juraba que los niños
habían asesinado al solitario para robarle el secreto de su riqueza.
Tanto se
habló en el pueblo de los dos niños, y tan falsos y diferentes comentarios se
hicieron, que el señor corregidor vio necesaria la intervención de su
autoridad, e inmediatamente ordenó la prisión de los pequeños. La orden
fue cumplida a toda prisa, con gran contento de esa gente codiciosa y egoísta.
En seguida se pidió al corregidor que hiciera confesar a los niños de qué
modo habían llegado a sus manos tales riquezas. El celoso corregidor, que
era tanto o más ambicioso que los demás, halló muy fácil portarse con rigor con
esos dos pequeños desamparados y los citó a un severo interrogatorio.
Luquitas
y su hermanita, que ya presumían el oculto intento de ese interrogatorio, se propusieron
no decir una sola palabra de cuanto sabían, para no traicionar a su protector.
Tal fue la entereza de los niños, que el corregidor y los aldeanos quedaron
completamente burlados.
Irritado
por ello el corregidor, los hizo cerrar en un lóbrego y húmedo calabozo.
Al cabo de veinticuatro horas los sacaron de allí para ser cruelmente azotados;
pero los abnegados chiquillos supieron callar en medio de sus terribles
dolores. Cansados los aldeanos por la actitud de los huérfanos, les
dieron otras veinticuatro horas para que confesaran, amenazándoles con la horca
si no accedían.
Las
pobres criaturas, con el cuerpo horriblemente ensangrentado, fueron nuevamente
encerrados en la prisión, con la amenaza de que si no cedían serían ejecutados
al siguiente día. Quedaron temblando de miedo; tanto era su terror en
algunos instantes que tenían impulsos de decirlo todo; pero en seguida se daban
cuenta del daño que harían a su protector, y nuevamente hacían el propósito más
firme de callar heroicamente, siquiera en gratitud al cariño de ese hombre tan
bueno.
INTELIGENCIA DE UN PERRO
Convencidos
que esa era la última noche de su vida, se abrazaron sollozando. Largo
tiempo estuvieron así, cuando de pronto despertó su atención un extraño ruido
que oyeron en la parte baja de la puerta de su calabozo. Se pusieron muy
atentos, y se con-vencieron de que alguien rascaba al otro lado de la entrada.
Más luego sintieron unos gruñidos. Con la inmensa alegría se dieron
cuenta de que se trataba del perro de su protector.
Era que
el solitario de la ermita, viendo que transcurría el tiempo y no volvían sus
hijos adoptivos y sabiendo por otra parte, que la perversidad de los aldeanos
podía hacer algún mal a los pequeños, había enviado a su inteligente perro que
fuera en busca del paradero de los chicos.
El fiel y
astuto animal se lanzó como una flecha por el camino. Cuando llegó a la
población, fue olfateando por una y por otra parte en pos del rastro de sus
amiguitos. De esta manera había logrado dar con la puerta de la prisión.
En cuanto los sintió comenzó a gruñir de contento. Por último,
sintió la voz de Luquitas que le llamó cariñosamente. El animal
estimulado por las voces de sus amiguitos, se puso a escarbar furiosamente
debajo de la puerta hasta lograr introducir su hocico.
Luquitas
que era muy perspicaz, tomó inmediatamente una oportuna resolución. Buscó
papel y como no había, se arrancó un trozo de la camisa, tampoco tenía lápiz,
pero se procuró tinta de su propia sangre, haciéndose una herida en el brazo.
De este modo logró escribir en el trapo, comunicando su terrible
situación y despidiéndose para siempre de su protector. Hecho esto, logró
que el perro sacara el trapo entre sus dientes y le indicó que fuera a la
ermita para entregarlo a su amo.
El animal
comprendió el encargo y partió corriendo en dirección a la morada de su amo.
En cuanto
el solitario leyó el mensaje, lleno de ira, también de aflicción por sus
pequeños amiguitos a quienes ya consideraba como a sus hijos, exclamó;
- ¡Jamás!
Pase lo que pase, no permitiré semejante iniquidad. Son ahora mis
hijos y yo sabré defenderlos con todo mi empeño.
Mientras
tanto, los pequeños prisioneros pasaron todo ese día lleno de zozobras. A
cada momento esperaban ver llegar al solitario para salvarlos; pero, el día fue
transcurriendo, y nadie llegó. Vino la noche y con ello los desgraciados
perdieron toda esperanza. Conforme aumentaba, por la estrecha ventana de la
cárcel, la luz del amanecer aumentaba también su congoja. Cada instante
que pasaba, estaba para ellos más cercano el terrible momento de su suplicio.
Perdida toda esperanza, acabaron por estrecharse llorando como si se
despidieran para siempre.
De pronto
sintieron en la puerta los mismos sonidos que en anterior ocasión. Era el
fiel perro que introducía su hocico con un papel entre los dientes.
Los niños
experimentaron un gran alivio. Luquitas tomó el papel y leyó: "Hijos
míos, tened confianza en vuestro padre. Os salvaré"
Locos de
alegría, ya no pensaron más en el terrible fin que les esperaba, y se pusieron
a saltar y reír de gozo. Lo que más les halagaba y les llenaba de
contento, era que les llamaba "hijos míos". Ellos, que hacía
tiempo estaban desamparados, cuánto apreciaban el cariño generoso de aquél que
les ofrecía ser un nuevo padre. Aliviados por esa esperanza, los dos
huérfanos acabaron por entregarse al sueño, mientras llegaba la liberación.
Entretanto,
el solitario, después de preparar su plan, se presentó en el pueblo. Lo
primero que hizo fue a buscar al corregidor para pedirle la libertad de los
niños. Pero éste, viendo el interés que tomaba el solitario, se propuso
sacar partido para satisfacer su codicia. Los aldeanos, que habían visto
entrar al hombre de la ermita, invadieron el despacho del corregidor, resueltos
a tomar parte en el asunto.
Nuestro
hombre se vio entonces ante una especie de asamblea presidida por el
corregidor, ante la que se le obligó a hacer su petición.
Lo
primero que se le pidió fue un crecido rescate.
El
solitario, sin titubear, sacó debajo de su capa un puñado de pepitas de oro.
- ¿Cuánto
deseáis? preguntó; viendo que todos abrían los ojos, llenos de codicia.
- Cien
pepitas, dijo al instante el corregidor.
- Acepto,
dijo el hombre, disponiéndose a contarlas.
- No,
dijo otro. Debe pagar doscientas.
- Sea,
dijo sencillamente el solitario.
- Es
muy poco. Añadió otro; necesitamos trescientas.
- También
acepto, respondió nuestro hombre sacando nuevos puñados de la bolsa.
Después
de contar lo pedido, el hombre estaba para guardarse el resto de la bolsa,
cuando algunos aldeanos pidieron que añadiera eso más al rescate.
El
solitario terminó arrojando despreciativamente la bolsa sobre la mesa, como
jugando con la ambición de aquellos miserables.
Algunos
momentos más tarde estaban libres los dos niños; felices corrieron hacia su
protector para agradecerle tiernamente de cuanto había hecho por ellos.
Después de esto, se dirigieron los tres estrechamente abrazados por el
camino, con dirección a la ermita.
LA AMBICIÓN CASTIGADA
Entretanto,
los aldeanos, viendo la facilidad con que habían obtenido el rico rescate, se
hicieron pesar de haber exigido tan sólo una bolsa y resolvieron ir a la ermita
perfectamente armados para exigir más oro, aunque fuera por la fuerza.
Secretamente, lo que cada uno de los aldeanos quería, pero no lo había dicho,
era apoderarse del tesoro que podía guardar el solitario.
Al llegar
los aldeanos a la ermita, para demostrar al extranjero que estaban resueltos a
todo, comenzaron a disparar sus armas de fuego.
Cuando
apareció el hombre a la puerta, ellos lo intimidaron a entregar a cada uno de
los aldeanos una bolsa llena de oro, advirtiéndole que en caso de negativa lo
matarían, lo mismo que a los dos niños y al perro.
Ante la
actitud, el solitario vio que era imposible saciar tanta codicia, pues si
entregaba lo pedido, no tardarían en volver con mayores pretensiones. En
consecuencia, resolvió escarmentarlos para siempre. Secretamente ordenó a
los niños para que en el menor tiempo posible fueran a sacar cien bolsas de
oro, que las escondieran bajo el lecho y que le avisaran en cuanto estuviera
concluido el transporte. Mientras él trataría de ganar tiempo discutiendo
con los aldeanos.
Cuando
los niños le dieron el aviso, se dirigió a la gente de la aldea y anunció que
estaba dispuesto a entregar el tesoro siempre que a él le dieran la mitad.
Dé esto último estaba cierto que los aldeanos no iban a cumplir, pero lo
dijo nada más que para disimular su terrible plan de venganza.
Abrió la
puerta a los aldeanos, cuando ya estaba de antemano levantada la plancha de
cobre que cubría la entrada a la cámara subterránea. Los aldeanos, que
habían venido en su totalidad, vieron la entrada de la cámara, se abalanzaron
por ella. A la vista de tanta riqueza, se volvieron locos de alegría.
Vaciaron las arcas de cobre y cada cual iba amontonando el mayor número
de bolsas. Al fin, cuando ya no hubo qué recoger, se disputaron unos a
otros la posesión del tesoro, cada cual procuraba ser dueño de la mayor
cantidad posible. Tal fue la ceguera de esos ambiciosos que nadie distinguía
ni padres, ni hijos, ni hermanos. Cada uno, como un lobo hambriento,
arrebataba al más débil las bolsas que había reunido. Ninguno merece
perdón. Todos perecerán.
Y,
diciendo esto, tomó la palanca, y la pesada plancha de cobre cayó para siempre
sobre la puerta del subterráneo. Inmediatamente hizo caer sobre la puerta
las paredes de la ermita, sepultando a los mineros que estaban en el sótano,
quienes enceguecidos por la ambición ni se dieron cuenta de lo que ocurría, y
como estaban armados, no tardó en producirse una sangrienta lucha. Los más
fuertes y atrevidos victimaban a los otros y se apoderaban de los despojos de
las víctimas.
El
solitario y los niños contemplaban desde arriba el sangriento cuadro que se
desarrollaba en la cámara.
Momentos
después el hombre mostrando a los niños como iban aumentando las víctimas les
dijo:
- He
aquí mi castigo para tantos malvados y ambiciosos. El mismo oro que
han querido tener, les causa la muerte. Ya hemos visto bajar el piso de la
ermita hasta ponerlo en su antigua posición. Después, nada quedó que
señalara la presencia de tanta gente allí dentro. No se oía
absolutamente nada, ni siquiera el más leve rumor que indicara la
continuación de la lucha que, seguramente, seguía con mayor
encarnizamiento.
- Ahora,
hijos míos, dijo el solitario, vámonos para siempre de aquí. El
mundo es muy grande y muy bello. Con lo que habéis sacado en las
cien bolsas, tenemos lo suficiente para ser inmensamente ricos. Pero
jurad que guardaréis para siempre el secreto de este tesoro. Nunca,
ni vosotros ni nadie debe volver a buscarlo, pues acaso si fuera causa de
mayores desdichas si volviera a despertar el apetito de tantos ambiciosos
que circulan por el mundo. Más vale que los hombres ignoren esta
riqueza que tanto corrompe y ciega.
Pocas horas
más tarde, se alejaban para siempre de allí el solitario y sus dos hijos
adoptivos, seguidos del fiel perro. Partieron para Europa y allí gozaron
tranquilamente de su fortuna, estudiando, visitando museos, monumentos y
bibliotecas y procurando siempre hacer algún bien en favor de los huérfanos y
desamparados.
Vivieron
felices hasta muy viejos, jamás tuvieron la menor idea de volver a buscar el
tesoro. Al morir ellos, murió también el secreto de la cámara misteriosa,
y desde entonces nadie ha vuelto a saber nada sobre esa incalculable fortuna.
La Leyenda de la Coca
Cuando
los pobres indios acampan en sus noches frías de viaje por el altiplano o la
montaña, allí junto a sus cargas y cerca de sus asnos, se acurrucan sobre el
duro suelo, forman un estrecho círculo y el más anciano o cariñoso saca su
chuspa o su tary de coca y desanudándolo lo deja en el centro, como la mejor
ofrenda a disposición de sus compañeros. Entonces, éstos,
silenciosamente, toman pequeños puñados de la verde hoja y comienzan la concienzuda
masticación. Horas y más horas hacen el aculli, extrayendo y
tragando con cierta guía el amargo jugo.
Cuando ya
todos han comenzado la masticación, parece que el espíritu de esos parias se
despertara bajo el silencio de la noche. Surgen las confidencias sobre
las impresiones, esperanzas y amarguras que durante todo el día callaron
mansamente bajo la hostil mirada de sus amos, los blancos.
Cierta
vez que yo viajaba por el altiplano, me vi obligado a pasar la noche a la
intemperie, junto a uno de esos grupos de indios viajeros. Aterido de
frío el crudo viento que soplaba por la desierta pampa, no pude conciliar el
sueño. Fue entonces que en medio del insomnio oí referir esta leyenda.
Escuchad:
Era por
el tiempo en que habían llegado a estas tierras los conquistadores blancos.
Las
jornadas siguientes a la hecatombe de Cajamarca fueron crueles y sangrientas.
Las ciudades fueron destruidas, los cultivos abandonados, los templos
profanados e incendiados, los tesoros sagrados y reales arrebatados. Y, por
todas partes en los llanos y en las montañas los desdichados indios fugitivos,
sin hogar, llorando la muerte de sus padres, de sus hijos o de sus hermanos.
La raza,
señora y dueña de tan feraces tierras yacía en la miseria, en el dolor.
El inhumano conquistador, cubierto de hierro y lanzando rayos mortales de
sus armas de fuego y cabalgando sobre briosos corceles, perseguía por las
sendas y las apachetas a sus espantadas víctimas.
Los
indios indefensos, sin amparo alguno, en vano invocaban a sus dioses, en vano
lamentaban su desdicha. Nadie, ni en el cielo ni en la tierra, tenían
compasión de ellos.
KJANA - CHUYMA, EL YATIRI
Un viejo
adivino llamado Kjana - Chuyma, que estaba, por orden del inca, al servicio del
templo de la isla del Sol, había logrado huir antes de la llegada de los
blancos, a las inmediaciones del lago, llevándose los tesoros sagrados del gran
templo. Resuelto a impedir a todo trance que tales riquezas llegaran al
poder de los ambiciosos conquistadores, había conseguido, después de vencer
muchas dificultades y peligros, en varios viajes, poner en salvo, por lo menos
momentáneamente, el tesoro en un lugar oculto de la orilla oriental del lago
Titicaca.
Desde
aquel sitio no cesaba de escudriñar diariamente todos los caminos y la superficie
del lago, para ver si se aproximaban las gentes de Pizarro.
Un día
los vio llegar. Traían precisamente la dirección hacia donde él estaba.
Rápidamente resolvió lo que debía hacer. Sin perder un instante,
arrojó todas las riquezas en el sitio más profundo de las aguas.
Pero
cuando llegaron junto a él los españoles, que ya tenían conocimiento de que
Kjana - Chuyma se había traído consigo los tesoros del templo de la Isla, con
intención de sustraerlo al alcance de ellos, lo capturaron para arrancarle si
fuera preciso por la fuerza el ansiado secreto.
Kjana -
Chuyma se negó desde el principio a decir una palabra de lo que los blancos le
preguntaban. Sufrió con entereza heroica los terribles tormentos a que lo
sometieron. Azotes, heridas, quemaduras, todo, todo soportó el viejo adivino
sin revelar nada de cuanto había hecho con el tesoro.
Al fin,
los verdugos, cansados de atormentarle inútilmente, le abandonaron en estado
agónico para ir por su cuenta a escudriñar por todas partes.
Esa
noche, el desdichado Kjana - Chuyma, entre la fiebre de su dolorosa agonía,
soñó que el Sol, dios resplandeciente, aparecía por detrás de la montaña
próxima y le decía:
- Hijo
mío. Tu abnegación en el sagrado deber que te has impuesto
voluntariamente, de resguardar mis objetos sagrados, merece una
recompensa. Pídenos lo que desees, que estoy dispuesto a
concedértelo.
- ¡Oh!,
Dios amado - respondió el viejo - ¿Qué otra cosa puedo yo
pedirte en esta hora de duelo y de derrota, sino la redención de mi raza y
el aniquilamiento de nuestros infames invasores?
- Hijo
desdichado - le contestó el Sol – Lo que tú me pides, es ya imposible.
Mi poder ya nada puede contra esos intrusos; su dios es más poderoso
que yo. Me ha quitado mi dominio y por eso, también yo como vosotros
debo huir a refugiarme en el misterio del tiempo. Pues bien, antes
de irme para siempre, quiero concederte algo que esté aún dentro de mis
facultades.
- Dios
mío, - repuso el viejo con pena – si tan poco poder ya tienes, debo
pensar con sumo cuidado en lo que voy a pedirte. Concédeme la vida
hasta que pueda decidir lo que he de rogarte.
- Te
concedo, pero no más que el tiempo en que transcurre una luna. Dijo
el Sol y desapareció entre las nubes rojas.
EL SECRETO CONSUELO DE DIOSES
PARA LA TRISTE RAZA VENCIDA
La raza
estaba irremediablemente vencida.
Los
blancos, orgullosos y déspotas, no se dignaban considerar a los indios como a
seres humanos. Los habitantes del inmenso imperio del Sol, sin rey y sin
caudillos, no tuvieron más que soportar calladamente la esclavitud para muchos
siglos o huir a regiones donde aún no hubiera llegado el poder de los intrusos.
Uno de
esos grupos, embarcándose en pequeñas balsas de totora, atravesó el lago y fue
a refugiarse en la orilla oriental, donde Kjana - Chuyma estaba luchando con la
muerte.
Los
indios, sabedores de cuanto le había ocurrido al noble anciano, acudieron
solícitos a prodigarle sus cuidados. Kjana - Chuyma era uno de los
yatiris más queridos en todo el imperio, por eso los indios rodearon su lecho
de agonía, llenos de tristeza, lamentando su próxima muerte.
El
anciano, al ver en torno de si ese grupo de compatriotas desdichados, sentía
más honda pesadumbre e imaginaba los tiempos de dolor y amargura que el futuro
guardaba a esos desventurados.
Fue
entonces que se acordó de la promesa del gran astro. Resolvió pedirle una
gracia, un bien durable, para dejarlo de herencia a los suyos; algo que no
fuera ni oro ni riqueza, para que el blanco ambicioso no pudiera arrebatarles;
en fin, un consuelo secreto y eficaz para los incontables días de miseria y
padecimientos.
A llegar
la noche, lleno de ansiedad en medio de la fiebre que le consumía, imploró al
Sol para que acudiera a oírle su última petición. A los pocos momentos,
un impulso misterioso lo levantó de su lecho y lo hizo salir de la choza.
Kjana -
Chuyma, dejándose llevar por la secreta fuerza que lo dirigía, subió por la
pendiente arriba hasta la cumbre del cerro. En la cima notó que le
rodeaba una gran claridad que hacía contraste con la noche fría y silenciosa.
De pronto, una voz le dijo:
- Hijo
mío. He oído tu plegaria. ¿Quieres dejar a tus tristes hermanos un
lenitivo para sus dolores y un reconfortante para las terribles fatigas
que les guarde en su desamparo?
- Sí,
sí. Quiero que tengan algo con qué resistir la esclavitud angustiosa
que les aguarda. ¿Me concederás? Es la única gracia que te pido para
ellos, antes de morir.
- Bien,
- respondió con dulce tristeza
la voz - . Mira en torno tuyo. ¿Ves esas pequeñas plantitas de hojas
verdes y ovaladas? La he hecho brotar por ti y para tus hermanos.
Ellas realizarán el milagro de adormecer penas y sostener fatigas.
Serán el talismán inapreciable para los días amargos. Di a tus
hermanos que, sin herir los tallos, arranquen las hojas y, después de secarlas,
las mastiquen. El jugo de esas plantas será el mejor narcótico para
la inmensa pena de sus almas.
Después
de recibir varias otras instrucciones, el viejo lleno de consuelo, volvió a su
choza cuando la aurora comenzaba a iluminar la tierra y a platear las tranquilas
aguas del lago.
Kjana -
Chuyma, sintiendo que le quedaban pocos instantes de vida, reunió a sus
compatriotas y les dijo:
- Hijos
míos. Voy a morir, pero antes quiero anunciaros lo que el Sol,
nuestro dios, ha querido en su bondad concederos por intermedio mío:
Subid al
cerro próximo. Encontraréis unas plantitas dé hojas ovaladas.
Cuidadlas, cultivadlas con esmero. Con ellas tendréis alimento y
consuelo.
En las
duras fatigas que os impongan el despotismo de vuestros amos, mascad esas hojas
y tendréis nuevas fuerzas para el trabajo.
En los
desamparados e interminables viajes a que obligue el blanco, mascad esas hojas
y el camino os hará breve y pasajero.
En el
fondo de las minas donde os entierre la inhumana ambición de los que vienen a
robar el tesoro de nuestras montañas, cuando os halléis bajo la amenaza de las
rocas prontas a desplomarse sobre vosotros, el jugo de esas hojas os ayudará a
soportar esa vida de obscuridad y de terror.
En los
momentos en que vuestro espíritu melancólico quiera fingir un poco de alegría,
esas hojas adormecerán vuestra pena y os darán la ilusión de creeros felices.
Cuando
queráis escudriñar algo de vuestro destino, un puñado de esas hojas lanzado al
viento os dirá el secreto que anheláis conocer.
Y cuando
el blanco quiera hacer lo mismo y se atreva a utilizar como vosotros esas
hojas, le sucederá todo lo contrario. Su jugo, que para vosotros será la
fuerza y la vida, para vuestros amos será vicio repugnante y degenerador:
mientras que para vosotros los indios será un alimento casi espiritual, a ellos
les causará la idiotez y la locura.
Hijos
míos, no olvidéis cuanto os digo. Cultivad esa planta. Es la
preciosa herencia que os dejo. Cuidad que no se extinga y conservadla y
propagadla entre los vuestros con veneración y amor.
Tales
cosas les dijo el viejo Kjana - Chuyma, dobló su cabeza sobre el pecho y quedó
sin vida.
Los
desdichados indios gimieron inconsolables por la muerte de su venerable yatiri.
Durante tres días y sus noches lloraron al difunto sin separarse de su lecho.
Al fin, fue necesario pensar en darle sepultura. Para ello
eligieron la cima del próximo cerro. En silenciosa comitiva fueron los
indios hacia la cumbre, conduciendo el cadáver de su yatiri. Fue enterrado
dentro de un cerco dé las plantas verdes y misteriosas. Recién en ese
momento se acordaron de cuanto les había dicho al morir Kjana - Chuyma y
cogiendo cada cual un puñado de las hojitas ovaladas se pusieron a masticarlas.
Entonces
se realizó la maravilla. A medida que tragaban el amargo jugo, notaron
que su pena inmensa se adormecía lentamente… … …
LOS DOS HUÉRFANOS
Olvidábamos
decir que entre la comitiva de aldeanos habían también formado Luquitas e
Isabelita, dos pobres huerfanitos que vivían en la aldea; habían quedado
completamente desamparados desde la muerte de sus padres, ocurrida años antes a
causa de que el pobre hombre, trabajando en una mina para sostener su familia,
había contraído una enfermedad incurable.
Durante
la ausencia del padre, la mamá, una señora muy buena y que los quería mucho,
también cayó enferma y de un mal tan maligno que no tardó en llevarla a la
tumba. Los pobres chiquitines la atendieron como pudieron pero no
lograron evitar el fatal desenlace. Los aldeanos, que eran gente egoísta no le
brindaron ningún apoyo y como consecuencia de esto murió en el más completo
desamparo dejando a sus hijos, huérfanos, nadie les ofreció un solo mendrugo de
pan.
Llegó el
padre casi moribundo, y no hizo más que ocupar el miserable lecho de la
difunta. El rudo trabajo en una negra y húmeda mina le había destrozado los
pulmones. Durante largo tiempo los dos niños se constituyeron en los más
solícitos enfermeros, pero, como eran pobres y no merecieron ninguna ayuda del
vecindario, tuvieron que ver con profundo dolor lo que su pobre papaíto se
moría sin remedio.
Murió el
padre y los dos niños quedaron solos en el mundo, sin más subsistencia que la
que podía proporcionarles su trabajo. Luquitas enseñaba a leer, a los
niños de aldea e Isabelita vendía tejidos y costura que su madre le había
enseñado a hacer.
En cuanto
supieron que el solitario de la ermita estaba enfermo, ellos, bajo el impulso
de su buen corazón y acordándose de lo mucho que habían sufrido sus padres
cuando estuvieron enfermos, se propusieron ir a la ermita a auxiliar al
solitario y aprovechar de todo lo que habían aprendido en la atención a sus
mismos padres en su dolencia.
Por esto,
en lugar de llevar armas como los demás aldeanos, Luquitas llevó cuanto remedio
les había quedado, e Isabelita fue a vender un lindo tejido que había concluido
y con el producto compró una vasija llena de leche.
Antes de
entrar a la ermita, los aldeanos, temerosos siempre de que el hombre se
defendiera, prepararon sus armas. Entre la semiobscuridad de la
habitación, pudieron distinguir al enfermo tendido sobre un tosco lecho.
La barba negra y espesa acentuaba más la lividez de su rostro.
Tenía los ojos cerrados y la boca entreabierta por la fiebre, la humedad
del sudor frío le había pegado los cabellos a la frente. Casi no daba
señales de vida.
El perro,
aquel terrible y vigoroso animal que tanto miedo les había infundido, estaba
acurrucado al pie de su amo, y en lugar de acometer a los importunos se
contentó con gruñir melancólicamente.
Los
aldeanos, animados por la extraña pasividad del animal, fueron invadiendo
totalmente la habitación. Pero, en lugar de hacer lo que realmente
procedía en aquellos casos o sea auxiliar afanosamente al desdichado enfermo,
se concretaron a examinar todos los rincones, esperando siempre encontrar el
depósito de oro que tanto codiciaban. Revolvieron y traficaron todo, no dejaron
ningún objeto en su sitio y, hasta tal punto llegó su ambición, que se
atrevieron a introducir las manos bajo de la almohada del enfermo. Más, todo
fue inútil: no hallaron ni la menor huella del precioso metal.
Cansados
por tan vanos afanes, resolvieron irse de allí. Y esos hombres,
enceguecidos por la avaricia y el afán de robo, en lugar de prestar siquiera
algún auxilio al moribundo, salieron de allí sin que nada les importara el
solitario.
INOCENCIA Y CARIDAD
Solamente
nuestros dos huerfanitos Luquitas e Isabeiita, quedaron en la ermita.
Silenciosos y humildes habían permanecido junto a la puerta sin atreverse a
penetrar mientras los aldeanos revolvían todo. Después, cuando la gente
salió para regresar a la aldea, ellos, temerosos se hicieron a un lado para no
estorbar. Sólo cuando todos se hubieron alejado, los dos niños se
atrevieron a entrar en la ermita. Se acercaron solícitos al lecho del
enfermo, y mientras Luquitas examinaba al paciente para saber cómo debía
curarlos, Isabelita recogía y ponía en orden todo cuanto los
ambiciosos aldeanos habían desordenado.
Entonces
ocurrió algo extraño. El enfermo que hasta ese momento parecía sin
conocimiento, abrió los ojos para observar complacido todo cuanto hacían los
niños. Luquitas, muy preocupado con su papel de médico había echado unas gotas
del líquido que tenía en una botella, después extrajo el ungüento que tenía en
una cajita y con ambas cosas comenzó a hacer fricciones en el pecho del
enfermo. En seguida ordenó a su hermana que calentara un poco de leche
que había llevado, lo que Isabelita se apresuró a cumplir inmediatamente.
Mientras
la niña atizaba el fuego para calentar la leche, Luquitas le habló así:
- Isabelita,
¿note recuerda este buen hombre a nuestro querido papá? Mírale.
Parece que sufre mucho. ¡Pobrecito!
- Si,
dijo la niña, cuánto debe sufrir, y tan abandonado. Oh, si
pudiéramos curarle, cuan felices seríamos.
Después,
fijándose en el perro, la niña le dijo acariciándole:
- Pobrecito.
Si muriera tu amo, te quedarías también huérfano como nosotros.
Nadie té daría un pedazo de pan. Y para comer tendrías que trabajar
mucho.
- No,
le interrumpió Luquitas. Si este perro queda huérfano, nosotros lo
llevaremos a nuestra casita, y allí los tres huérfanos pasaremos la vida
de la mejor manera posible. El será un noble y leal compañero.
El animal
parecía que comprendiera las generosas palabras de los chicos y se les
aproximaba a lamerles cariñosamente las manos.
La leche
del jarro comenzó a hervir, y la muchaca ofreció al enfermo una taza humeante.
Luquitas, haciendo un esfuerzo supremo, logró incorporarlo cuidadosamente sobre
la cama.
El
solitario, que había estado escuchando embelesado todo cuanto manifestaban los
niños, ya no pudo contener más tiempo su emoción y, olvidando su estado,
extendió los brazos y estrechó tiernamente contra su corazón a sus dos pequeños
enfermeros.
Gracias,
Dios os los pague, niños caritativos, les dijo. Cuan distintos sois de
los que han venido hace un momento.
Después
recibió la leche que le ofrecía la niña y la sorbió poco a poco, notándose que
le producía un gran alivio. Se notaba que en gran parte su postración era
debida a falta de alimentos.
Cuando
hubo apurado todo el contenido de la taza, isabelita le preguntó si quería más.
Aceptó de mil amores el enfermo, y la niña le sirvió una segunda taza y aún le
obligó a tomarse otra más.
Nuestro
hombre, reconfortado ya de su dolencia, se sentó en el lecho, llamó junto a sí
a los niños y haciéndoles tomar asiento sobre su mismo lecho comenzó a hablar.
Les
manifestó que, si bien su mal era bastante grave que le impedía levantarse de
la cama, no había perdido ni un momento el conocimiento. Pero, cuando vio
que llegaban los aldeanos, adivinando sus perversas intenciones, se había hecho
el inconsciente, para observar hasta dónde llegaba la maldad de aquellos; al
mismo tiempo había recomendado a su fiel perro que permaneciera quieto aunque
los aldeanos llegaran al caso de ofenderlo.
- Ahora, les dijo enseguida, si es verdad que me he convencido que esos aldeanos son completamente incapaces de la menor obra buena, en cambio he tenido la satisfacción de conoceros y comprender vuestra triste situación. Desde ahora ya no seréis huérfanos. Os adopto como a mis hijos
EL RELATO DEL MINERO
Luquitas
e Isabelita, locos de contento, abrazaron cariñosamente a su protector y desde
ese momento se quedaron junto al enfermo, cuidándole con tierna solicitud.
Cuando
llegó la noche, los chiquillos se improvisaron de la mejor manera que pudieron
sus camitas en la misma ermita; el enfermo, ya bastante reconfortado con la
atención cariñosa de los dos huerfanitos, les dijo que por primera vez les
contaría el secreto de su vida y la causa de su misteriosa conducta con los
aldeanos. Ordenó al perro que saliera a hacer guardia para impedir que
ningún curioso se aproximara a la ermita mientras él hacía la relación de su
vida.
Los
niños, ansiosos de escucharle, se acurrucaron junto a la cama del enfermo y
éste comenzó lentamente su historia.
- Yo vivía en un lejano país. Tenía dos hijos hermosos y buenos corno vosotros. Su madre, mi esposa, era una santa mujer. Era feliz. Tenía lo suficiente para pasar una vida holgada y agradable. Mi única preocupación era aumentar mis bienes para satisfacción de mi familia, y por ello trabajaba con todo ahínco. En el banco donde yo trabajaba en un cargo importantísimo, se produjo, de pronto, un gran robo por el cual habían victimado al cajero. Los verdaderos autores del doble crimen que eran hombres de in-fluencia, lograron salir ilesos, pero, en cambio, presentaron el hecho de tal modo que yo resulté culpable ante la justicia. Por mucho que me esforcé en probar mi inocencia, todo fue inútil. El tribunal me sentenció a diez años de presidio. Loco de pesar fui arrancado del seno de mis pobres hijos y dé mi esposa, para ir a cumplir mi condena. Al poco tiempo mi esposa murió con la pena de mi desgracia, y mis desdichados hijos quedaron completamente desamparados, sin que nadie tuviese piedad de ellos. Al fin, los pobres niños, sin que nadie los auxiliara, no tardaron también en morir de miseria. Yo nada sabía de todo esto. Los años de mi prisión fueron pasando lentamente sin que yo tuviera noticias de los míos. Cuando al cabo de diez años salí de la cárcel y volví a la ciudad, supe que ya no tenía familia. Mis pobres hijos, privados de mi apoyo por una enorme injusticia, estaban enterrados desde largo tiempo atrás. Como podréis imaginar, yo creí morir de desesperación. Por un momento hasta pensé en matarme. ¿Para qué iba a vivir? ¿Para quién ya iba a trabajar? Sin fe en la vida y sin entusiasmo para nada, resolví ir a esconder mis últimos días en algún ignorado rincón, lo más lejos posible de mi patria. De este modo el azar me trajo aquí. Vi esta ermita abandonada y aquí me establecí, con el propósito de no entrar nunca en relación con nadie, porque todos los hombres me inspiraban odio. En cada uno veía el malvado que no pudo dar a mis hijos un pedazo de pan para su hambre cuando se hallaban indefensos y desamparados
- .
LA HISTORIA DE UN TESORO
Al
principio, resolví vivir de la manera más modesta posible y para ello comencé a
cultivar un pequeño campo cerca de la ermita, cuando la casualidad me hizo
dueño del tesoro más inmenso del mundo. Una noche, después de haber
acopiado una cantidad considerable de madera para entablar el piso de esta
ermita que era demasiado húmedo, resolví antes remover un poco la tierra del
suelo para igualar su superficie. Con la herramienta comencé
mi trabajo, cuando de pronto el azadón chocó con algo metálico y muy resistente.
Extrañado del hecho me propuse averiguar lo que era. Cuál no sería mi
sorpresa al encontrarme con una gruesa plancha de cobre macizo. Sin duda
era la entrada a alguna cámara secreta. Quise levantar la plancha, pero
no pude; estaba perfectamente empotrada en el suelo, sin dejar la más leve
ranura para poder introducir la punta de un cuchillo. Aquella noche tuve
que renunciar la prosecución de mi descubrimiento. Varios días pasé
viendo la manera de poder abrir o levantar la plancha de cobre, pero en vano.
Fue entonces que mi leal e inteligente perro vino en mi ayuda, comprendiendo
mis inútiles afanes él se puso a husmear y escarbar por distintos lugares
del piso, hasta que se detuvo definitivamente en aquel
extremo de la habitación arañó furiosamente y fue sacando tierra y guijarros
hasta cavar un profundo hoyo. De repente metió el hocico y se puso a
ladrar alegre, mirándome y como invitándome a que me aproximara. Yo, que
no perdía ni uno de sus movimientos, me acerqué al agujero y descubrí una especie
de palanca del mismo metal que la plancha, tiré fuertemente de ella y recién
pude lograr que la plancha se levantara sin más esfuerzo. Bajé al fondo
obscuro de la cámara que se abrió y encendiendo una luz me quedé maravillado
ante el más extraordinario espectáculo: la cámara era una gran sala de piedra,
semejante a las construcciones de Tiahuanacu, no había ni una sola parte de los
muros y del suelo que tuviera piezas o añadidos, toda la cámara era de una sola
pieza como si la hubiesen labrado en una enorme roca.
En cada
esquina estaba en actitud de guardia una enorme chullpa o momia de quién sabe
qué raza hoy desconocida. Contra una de las paredes estaban apilados más
de cincuenta cofres de cobre macizo. Me acerqué para ver lo que uno de
ellos contenía, levanté con esfuerzo la tapa y quedé más maravillado aún al ver
que contenía bolsas de cuero llenas de pepitas de oro nativo.
Al
principio me pareció un sueño lo que veía, pero poco a poco, fui reflexionando
y recordando los estudios que hice en mi país sobre la historia de la América y
especialmente de Bolivia y entonces tuve la convicción de que lo que yo había
hallado era un tesoro oculto tal vez desde el tiempo en que los habitantes de
Tiahuanacu tenían su gran imperio. Esas ricas pepas de oro no podían pues
ser otras que las recogidas entre las arenas del río Choqueyápu, que hasta
ahora es rico en este precioso metal. Acaso si en aquellos lejanos
tiempos abundara tanto el oro que se lo recogía a puñados, sin tener más
trabajo que el de escoger entre la arena de la orilla.
Yo
resultaba desde aquel momento más afortunado aún que los hombres antiguos, pues
podía tomar el oro a puñados sin haber tenido siquiera el trabajo de escogerlo
en la arena.
Al verme
dueño de una fortuna fabulosa, no sentí sin embargo, el placer correspondiente.
Al pensar que el capricho de la suerte me había dado tanta riqueza, cuando ya
mi familia había perecido de hambre, hizo más amarga e irónica mi situación, de
tal modo que resolví despreciar esa fortuna y sólo servirme de ella para vivir
con la misma modestia que días antes. Cada mes tomaba lo necesario de una
de esas bolsas para ir a la aldea y comprar lo que me hiciera falta. Pero
cuidaba siempre de no sacar sino lo preciso, pues, podía ser que algún hombre,
intrigado con la moneda que yo gastaba, me siguiera la pista y me matara.
Si llegaba ese caso, el secreto moriría conmigo. También me
preocupé de esconder como un avaro la cámara y el secreto para abrirla; para
ello, construí en varios meses un piso de madera que cubriera perfectamente
todo el suelo de la habitación. Para cuando yo quisiera levantarlo, preparé
pacientemente un mecanismo que, mediante una combinación de palancas me
permitiera elevar y bajar al citado piso cuando fuera necesario.
Entonces
el hombre les indicó en el arco de la puerta un dispositivo disimulado en el
fondo de una grieta, Luquitas, por indicación del enfermo, empujó con el dedo y
vio que el enfermo en su cama y su hermanita, empujados por todo el piso de la
ermita se elevaban lentamente y que por debajo aparecía la plancha y la palanca
de que les había hablado su amigo. Volvió a tocar el niño el resorte y el
piso descendió nuevamente hasta ocupar su antigua posición.
Ahora,
sabéis, les dijo el enfermo, ¿por qué, mientras los aldeanos lo estaban registrando,
yo estaba tan quieto, haciéndome el agonizante?
- Porque
era imposible que dieran con la gruta - le contestó Luquitas.
Como era
ya muy tarde, resolvieron dormirse, dejando para el siguiente día todos los
nuevos planes de vida que debía seguir en adelante la nueva familia.
El
solitario se durmió serenamente y con el espíritu lleno de satisfacción.
Pensaba que ya no era solo, que ya tenía hijos para quienes sería, desde
ese momento, su riqueza y cariño. Parecía que hubiera resucitado, que sus
verdaderos hijos estaban nuevamente a su lado. Cuánto bien había hecho a
su alma al acoger a esos dos tiernos huerfanitos.
Luquitas
e Isabelita, por su parte, se durmieron contentísimos. Su vida, hasta
entonces tan triste y tan desesperada, iba a cambiar ya no serían los
huerfanitos solitarios de antes, tendrían un protector, un segundo padre que
los quisiese y los defendiera de tanto malvado como abundaba en la aldea.
También serían ricos, muy ricos, pero esto era para ellos, almas
generosas, lo secundario: lo más bello que podían desear era tener papá, hallar
un nuevo ser que los acariciara como supo hacerlo su buen padre, ya difunto,
que les hablara con ternura. Oh qué lindo sería tener a quién dar el
dulce e incomparable título de papá.
LA PRISIÓN DE LUQUITAS Y DE SU
HERMANITA
Al día
siguiente, los niños prepararon el desayuno del enfermo y luego Luquitas le
hizo otra curación que produjo muy buen efecto.
Pasaron
los días, y los niños ya no se separaron más de su protector. Al
contrario, cada día se fueron queriendo más y más. El hombre, radiante de
dicha, los acariciaba, y los niños besaban al hombre llamándole papá.
Al cabo
de algún tiempo el enfermo se halló fuera de todo peligro. Más que los
remedios y alimentos, parecía que el cariño de los dos generosos niños, le iba
devolviendo la salud perdida. Hasta que una bella mañana de abril, el
solitario pudo salir a sentarse a la puerta de la ermita, ayudado por los dos
niños, a la sombra de un florido rosal. Desde allí el convaleciente
aspiró con fruición la brisa saludable del campo, mientras jugaba con los
ensortijados cabellos de sus hijos adoptivos.
Recién
entonces el hombre misterioso pudo fijarse en el raído y miserable traje de los
dos niños, que contrastaba con sus risueñas y lindas caritas. Entonces
les dijo que eso no podía seguir y que fueran inmediatamente a la aldea a
comprar unos trajes decentes y nuevos, para lo cual les dijo, que, tal como ya
les había enseñado, abrieran la cámara y extrajeran algunas pepas de oro para
pagar la mercadería. Los niños, muy contentos, hicieron maniobrar los
mecanismos, penetrando de un salto a la cámara del tesoro y pudieron
convencerse, por sus propios ojos de cuanto les había referido el solitario.
Tomaron al azar una bolsita de cuero y extrajeron algunas pepas auríferas y,
después de deleitarse por unos momentos contemplando tanta maravilla, salieron
a la superficie, cerraron la entrada y bajaron al piso.
Partieron
los niños y al cabo llegaron a la aldea. Su presencia fue objeto de los
más vivos comentarios entre los aldeanos, pues se había notado su larga
ausencia que precisamente coincidía con la visita a la ermita. Mayor fue
el asombro de esa gente, cuando vieron a los niños comprar los trajes que
fueron pagados con brillantes pepitas, tal como antes acostumbraba pagar el
extranjero de la ermita.
La
noticia de que los dos huerfanitos, antes tan pobres y abandonados, habían
comprado lindos vestiditos, se extendió rápidamente por la aldea, dando lugar a
las más antojadizas conjeturas: alguien afirmaba que Luquitas y su hermana
habian logrado lo que en vano ellos habían intentado en su visita a la ermita;
otros decían que el loco había simpatizado con ellos y que les había regalado
una parte de su tesoro; y no faltaba alguno más perverso, que juraba que los niños
habían asesinado al solitario para robarle el secreto de su riqueza.
Tanto se
habló en el pueblo de los dos niños, y tan falsos y diferentes comentarios se
hicieron, que el señor corregidor vio necesaria la intervención de su
autoridad, e inmediatamente ordenó la prisión de los pequeños. La orden
fue cumplida a toda prisa, con gran contento de esa gente codiciosa y egoísta.
En seguida se pidió al corregidor que hiciera confesar a los niños de qué
modo habían llegado a sus manos tales riquezas. El celoso corregidor, que
era tanto o más ambicioso que los demás, halló muy fácil portarse con rigor con
esos dos pequeños desamparados y los citó a un severo interrogatorio.
Luquitas
y su hermanita, que ya presumían el oculto intento de ese interrogatorio, se propusieron
no decir una sola palabra de cuanto sabían, para no traicionar a su protector.
Tal fue la entereza de los niños, que el corregidor y los aldeanos quedaron
completamente burlados.
Irritado
por ello el corregidor, los hizo cerrar en un lóbrego y húmedo calabozo.
Al cabo de veinticuatro horas los sacaron de allí para ser cruelmente azotados;
pero los abnegados chiquillos supieron callar en medio de sus terribles
dolores. Cansados los aldeanos por la actitud de los huérfanos, les
dieron otras veinticuatro horas para que confesaran, amenazándoles con la horca
si no accedían.
Las
pobres criaturas, con el cuerpo horriblemente ensangrentado, fueron nuevamente
encerrados en la prisión, con la amenaza de que si no cedían serían ejecutados
al siguiente día. Quedaron temblando de miedo; tanto era su terror en
algunos instantes que tenían impulsos de decirlo todo; pero en seguida se daban
cuenta del daño que harían a su protector, y nuevamente hacían el propósito más
firme de callar heroicamente, siquiera en gratitud al cariño de ese hombre tan
bueno.
INTELIGENCIA DE UN PERRO
Convencidos
que esa era la última noche de su vida, se abrazaron sollozando. Largo
tiempo estuvieron así, cuando de pronto despertó su atención un extraño ruido
que oyeron en la parte baja de la puerta de su calabozo. Se pusieron muy
atentos, y se con-vencieron de que alguien rascaba al otro lado de la entrada.
Más luego sintieron unos gruñidos. Con la inmensa alegría se dieron
cuenta de que se trataba del perro de su protector.
Era que
el solitario de la ermita, viendo que transcurría el tiempo y no volvían sus
hijos adoptivos y sabiendo por otra parte, que la perversidad de los aldeanos
podía hacer algún mal a los pequeños, había enviado a su inteligente perro que
fuera en busca del paradero de los chicos.
El fiel y
astuto animal se lanzó como una flecha por el camino. Cuando llegó a la
población, fue olfateando por una y por otra parte en pos del rastro de sus
amiguitos. De esta manera había logrado dar con la puerta de la prisión.
En cuanto los sintió comenzó a gruñir de contento. Por último,
sintió la voz de Luquitas que le llamó cariñosamente. El animal
estimulado por las voces de sus amiguitos, se puso a escarbar furiosamente
debajo de la puerta hasta lograr introducir su hocico.
Luquitas
que era muy perspicaz, tomó inmediatamente una oportuna resolución. Buscó
papel y como no había, se arrancó un trozo de la camisa, tampoco tenía lápiz,
pero se procuró tinta de su propia sangre, haciéndose una herida en el brazo.
De este modo logró escribir en el trapo, comunicando su terrible
situación y despidiéndose para siempre de su protector. Hecho esto, logró
que el perro sacara el trapo entre sus dientes y le indicó que fuera a la
ermita para entregarlo a su amo.
El animal
comprendió el encargo y partió corriendo en dirección a la morada de su amo.
En cuanto
el solitario leyó el mensaje, lleno de ira, también de aflicción por sus
pequeños amiguitos a quienes ya consideraba como a sus hijos, exclamó;
- ¡Jamás!
Pase lo que pase, no permitiré semejante iniquidad. Son ahora mis
hijos y yo sabré defenderlos con todo mi empeño.
Mientras
tanto, los pequeños prisioneros pasaron todo ese día lleno de zozobras. A
cada momento esperaban ver llegar al solitario para salvarlos; pero, el día fue
transcurriendo, y nadie llegó. Vino la noche y con ello los desgraciados
perdieron toda esperanza. Conforme aumentaba, por la estrecha ventana de la
cárcel, la luz del amanecer aumentaba también su congoja. Cada instante
que pasaba, estaba para ellos más cercano el terrible momento de su suplicio.
Perdida toda esperanza, acabaron por estrecharse llorando como si se
despidieran para siempre.
De pronto
sintieron en la puerta los mismos sonidos que en anterior ocasión. Era el
fiel perro que introducía su hocico con un papel entre los dientes.
Los niños
experimentaron un gran alivio. Luquitas tomó el papel y leyó: "Hijos
míos, tened confianza en vuestro padre. Os salvaré"
Locos de
alegría, ya no pensaron más en el terrible fin que les esperaba, y se pusieron
a saltar y reír de gozo. Lo que más les halagaba y les llenaba de
contento, era que les llamaba "hijos míos". Ellos, que hacía
tiempo estaban desamparados, cuánto apreciaban el cariño generoso de aquél que
les ofrecía ser un nuevo padre. Aliviados por esa esperanza, los dos
huérfanos acabaron por entregarse al sueño, mientras llegaba la liberación.
Entretanto,
el solitario, después de preparar su plan, se presentó en el pueblo. Lo
primero que hizo fue a buscar al corregidor para pedirle la libertad de los
niños. Pero éste, viendo el interés que tomaba el solitario, se propuso
sacar partido para satisfacer su codicia. Los aldeanos, que habían visto
entrar al hombre de la ermita, invadieron el despacho del corregidor, resueltos
a tomar parte en el asunto.
Nuestro
hombre se vio entonces ante una especie de asamblea presidida por el
corregidor, ante la que se le obligó a hacer su petición.
Lo
primero que se le pidió fue un crecido rescate.
El
solitario, sin titubear, sacó debajo de su capa un puñado de pepitas de oro.
- ¿Cuánto
deseáis? preguntó; viendo que todos abrían los ojos, llenos de codicia.
- Cien
pepitas, dijo al instante el corregidor.
- Acepto,
dijo el hombre, disponiéndose a contarlas.
- No,
dijo otro. Debe pagar doscientas.
- Sea,
dijo sencillamente el solitario.
- Es
muy poco. Añadió otro; necesitamos trescientas.
- También
acepto, respondió nuestro hombre sacando nuevos puñados de la bolsa.
Después
de contar lo pedido, el hombre estaba para guardarse el resto de la bolsa,
cuando algunos aldeanos pidieron que añadiera eso más al rescate.
El
solitario terminó arrojando despreciativamente la bolsa sobre la mesa, como
jugando con la ambición de aquellos miserables.
Algunos
momentos más tarde estaban libres los dos niños; felices corrieron hacia su
protector para agradecerle tiernamente de cuanto había hecho por ellos.
Después de esto, se dirigieron los tres estrechamente abrazados por el
camino, con dirección a la ermita.
LA AMBICIÓN CASTIGADA
Entretanto,
los aldeanos, viendo la facilidad con que habían obtenido el rico rescate, se
hicieron pesar de haber exigido tan sólo una bolsa y resolvieron ir a la ermita
perfectamente armados para exigir más oro, aunque fuera por la fuerza.
Secretamente, lo que cada uno de los aldeanos quería, pero no lo había dicho,
era apoderarse del tesoro que podía guardar el solitario.
Al llegar
los aldeanos a la ermita, para demostrar al extranjero que estaban resueltos a
todo, comenzaron a disparar sus armas de fuego.
Cuando
apareció el hombre a la puerta, ellos lo intimidaron a entregar a cada uno de
los aldeanos una bolsa llena de oro, advirtiéndole que en caso de negativa lo
matarían, lo mismo que a los dos niños y al perro.
Ante la
actitud, el solitario vio que era imposible saciar tanta codicia, pues si
entregaba lo pedido, no tardarían en volver con mayores pretensiones. En
consecuencia, resolvió escarmentarlos para siempre. Secretamente ordenó a
los niños para que en el menor tiempo posible fueran a sacar cien bolsas de
oro, que las escondieran bajo el lecho y que le avisaran en cuanto estuviera
concluido el transporte. Mientras él trataría de ganar tiempo discutiendo
con los aldeanos.
Cuando
los niños le dieron el aviso, se dirigió a la gente de la aldea y anunció que
estaba dispuesto a entregar el tesoro siempre que a él le dieran la mitad.
Dé esto último estaba cierto que los aldeanos no iban a cumplir, pero lo
dijo nada más que para disimular su terrible plan de venganza.
Abrió la
puerta a los aldeanos, cuando ya estaba de antemano levantada la plancha de
cobre que cubría la entrada a la cámara subterránea. Los aldeanos, que
habían venido en su totalidad, vieron la entrada de la cámara, se abalanzaron
por ella. A la vista de tanta riqueza, se volvieron locos de alegría.
Vaciaron las arcas de cobre y cada cual iba amontonando el mayor número
de bolsas. Al fin, cuando ya no hubo qué recoger, se disputaron unos a
otros la posesión del tesoro, cada cual procuraba ser dueño de la mayor
cantidad posible. Tal fue la ceguera de esos ambiciosos que nadie distinguía
ni padres, ni hijos, ni hermanos. Cada uno, como un lobo hambriento,
arrebataba al más débil las bolsas que había reunido. Ninguno merece
perdón. Todos perecerán.
Y,
diciendo esto, tomó la palanca, y la pesada plancha de cobre cayó para siempre
sobre la puerta del subterráneo. Inmediatamente hizo caer sobre la puerta
las paredes de la ermita, sepultando a los mineros que estaban en el sótano,
quienes enceguecidos por la ambición ni se dieron cuenta de lo que ocurría, y
como estaban armados, no tardó en producirse una sangrienta lucha. Los más
fuertes y atrevidos victimaban a los otros y se apoderaban de los despojos de
las víctimas.
El
solitario y los niños contemplaban desde arriba el sangriento cuadro que se
desarrollaba en la cámara.
Momentos
después el hombre mostrando a los niños como iban aumentando las víctimas les
dijo:
- He
aquí mi castigo para tantos malvados y ambiciosos. El mismo oro que
han querido tener, les causa la muerte. Ya hemos visto bajar el piso de la
ermita hasta ponerlo en su antigua posición. Después, nada quedó que
señalara la presencia de tanta gente allí dentro. No se oía
absolutamente nada, ni siquiera el más leve rumor que indicara la
continuación de la lucha que, seguramente, seguía con mayor
encarnizamiento.
- Ahora,
hijos míos, dijo el solitario, vámonos para siempre de aquí. El
mundo es muy grande y muy bello. Con lo que habéis sacado en las
cien bolsas, tenemos lo suficiente para ser inmensamente ricos. Pero
jurad que guardaréis para siempre el secreto de este tesoro. Nunca,
ni vosotros ni nadie debe volver a buscarlo, pues acaso si fuera causa de
mayores desdichas si volviera a despertar el apetito de tantos ambiciosos
que circulan por el mundo. Más vale que los hombres ignoren esta
riqueza que tanto corrompe y ciega.
Pocas horas
más tarde, se alejaban para siempre de allí el solitario y sus dos hijos
adoptivos, seguidos del fiel perro. Partieron para Europa y allí gozaron
tranquilamente de su fortuna, estudiando, visitando museos, monumentos y
bibliotecas y procurando siempre hacer algún bien en favor de los huérfanos y
desamparados.
Vivieron
felices hasta muy viejos, jamás tuvieron la menor idea de volver a buscar el
tesoro. Al morir ellos, murió también el secreto de la cámara misteriosa,
y desde entonces nadie ha vuelto a saber nada sobre esa incalculable fortuna.
La Leyenda de la Coca
Cuando
los pobres indios acampan en sus noches frías de viaje por el altiplano o la
montaña, allí junto a sus cargas y cerca de sus asnos, se acurrucan sobre el
duro suelo, forman un estrecho círculo y el más anciano o cariñoso saca su
chuspa o su tary de coca y desanudándolo lo deja en el centro, como la mejor
ofrenda a disposición de sus compañeros. Entonces, éstos,
silenciosamente, toman pequeños puñados de la verde hoja y comienzan la concienzuda
masticación. Horas y más horas hacen el aculli, extrayendo y
tragando con cierta guía el amargo jugo.
Cuando ya
todos han comenzado la masticación, parece que el espíritu de esos parias se
despertara bajo el silencio de la noche. Surgen las confidencias sobre
las impresiones, esperanzas y amarguras que durante todo el día callaron
mansamente bajo la hostil mirada de sus amos, los blancos.
Cierta
vez que yo viajaba por el altiplano, me vi obligado a pasar la noche a la
intemperie, junto a uno de esos grupos de indios viajeros. Aterido de
frío el crudo viento que soplaba por la desierta pampa, no pude conciliar el
sueño. Fue entonces que en medio del insomnio oí referir esta leyenda.
Escuchad:
Era por
el tiempo en que habían llegado a estas tierras los conquistadores blancos.
Las
jornadas siguientes a la hecatombe de Cajamarca fueron crueles y sangrientas.
Las ciudades fueron destruidas, los cultivos abandonados, los templos
profanados e incendiados, los tesoros sagrados y reales arrebatados. Y, por
todas partes en los llanos y en las montañas los desdichados indios fugitivos,
sin hogar, llorando la muerte de sus padres, de sus hijos o de sus hermanos.
La raza,
señora y dueña de tan feraces tierras yacía en la miseria, en el dolor.
El inhumano conquistador, cubierto de hierro y lanzando rayos mortales de
sus armas de fuego y cabalgando sobre briosos corceles, perseguía por las
sendas y las apachetas a sus espantadas víctimas.
Los
indios indefensos, sin amparo alguno, en vano invocaban a sus dioses, en vano
lamentaban su desdicha. Nadie, ni en el cielo ni en la tierra, tenían
compasión de ellos.
KJANA - CHUYMA, EL YATIRI
Un viejo
adivino llamado Kjana - Chuyma, que estaba, por orden del inca, al servicio del
templo de la isla del Sol, había logrado huir antes de la llegada de los
blancos, a las inmediaciones del lago, llevándose los tesoros sagrados del gran
templo. Resuelto a impedir a todo trance que tales riquezas llegaran al
poder de los ambiciosos conquistadores, había conseguido, después de vencer
muchas dificultades y peligros, en varios viajes, poner en salvo, por lo menos
momentáneamente, el tesoro en un lugar oculto de la orilla oriental del lago
Titicaca.
Desde
aquel sitio no cesaba de escudriñar diariamente todos los caminos y la superficie
del lago, para ver si se aproximaban las gentes de Pizarro.
Un día
los vio llegar. Traían precisamente la dirección hacia donde él estaba.
Rápidamente resolvió lo que debía hacer. Sin perder un instante,
arrojó todas las riquezas en el sitio más profundo de las aguas.
Pero
cuando llegaron junto a él los españoles, que ya tenían conocimiento de que
Kjana - Chuyma se había traído consigo los tesoros del templo de la Isla, con
intención de sustraerlo al alcance de ellos, lo capturaron para arrancarle si
fuera preciso por la fuerza el ansiado secreto.
Kjana -
Chuyma se negó desde el principio a decir una palabra de lo que los blancos le
preguntaban. Sufrió con entereza heroica los terribles tormentos a que lo
sometieron. Azotes, heridas, quemaduras, todo, todo soportó el viejo adivino
sin revelar nada de cuanto había hecho con el tesoro.
Al fin,
los verdugos, cansados de atormentarle inútilmente, le abandonaron en estado
agónico para ir por su cuenta a escudriñar por todas partes.
Esa
noche, el desdichado Kjana - Chuyma, entre la fiebre de su dolorosa agonía,
soñó que el Sol, dios resplandeciente, aparecía por detrás de la montaña
próxima y le decía:
- Hijo
mío. Tu abnegación en el sagrado deber que te has impuesto
voluntariamente, de resguardar mis objetos sagrados, merece una
recompensa. Pídenos lo que desees, que estoy dispuesto a
concedértelo.
- ¡Oh!,
Dios amado - respondió el viejo - ¿Qué otra cosa puedo yo
pedirte en esta hora de duelo y de derrota, sino la redención de mi raza y
el aniquilamiento de nuestros infames invasores?
- Hijo
desdichado - le contestó el Sol – Lo que tú me pides, es ya imposible.
Mi poder ya nada puede contra esos intrusos; su dios es más poderoso
que yo. Me ha quitado mi dominio y por eso, también yo como vosotros
debo huir a refugiarme en el misterio del tiempo. Pues bien, antes
de irme para siempre, quiero concederte algo que esté aún dentro de mis
facultades.
- Dios
mío, - repuso el viejo con pena – si tan poco poder ya tienes, debo
pensar con sumo cuidado en lo que voy a pedirte. Concédeme la vida
hasta que pueda decidir lo que he de rogarte.
- Te
concedo, pero no más que el tiempo en que transcurre una luna. Dijo
el Sol y desapareció entre las nubes rojas.
EL SECRETO CONSUELO DE DIOSES
PARA LA TRISTE RAZA VENCIDA
La raza
estaba irremediablemente vencida.
Los
blancos, orgullosos y déspotas, no se dignaban considerar a los indios como a
seres humanos. Los habitantes del inmenso imperio del Sol, sin rey y sin
caudillos, no tuvieron más que soportar calladamente la esclavitud para muchos
siglos o huir a regiones donde aún no hubiera llegado el poder de los intrusos.
Uno de
esos grupos, embarcándose en pequeñas balsas de totora, atravesó el lago y fue
a refugiarse en la orilla oriental, donde Kjana - Chuyma estaba luchando con la
muerte.
Los
indios, sabedores de cuanto le había ocurrido al noble anciano, acudieron
solícitos a prodigarle sus cuidados. Kjana - Chuyma era uno de los
yatiris más queridos en todo el imperio, por eso los indios rodearon su lecho
de agonía, llenos de tristeza, lamentando su próxima muerte.
El
anciano, al ver en torno de si ese grupo de compatriotas desdichados, sentía
más honda pesadumbre e imaginaba los tiempos de dolor y amargura que el futuro
guardaba a esos desventurados.
Fue
entonces que se acordó de la promesa del gran astro. Resolvió pedirle una
gracia, un bien durable, para dejarlo de herencia a los suyos; algo que no
fuera ni oro ni riqueza, para que el blanco ambicioso no pudiera arrebatarles;
en fin, un consuelo secreto y eficaz para los incontables días de miseria y
padecimientos.
A llegar
la noche, lleno de ansiedad en medio de la fiebre que le consumía, imploró al
Sol para que acudiera a oírle su última petición. A los pocos momentos,
un impulso misterioso lo levantó de su lecho y lo hizo salir de la choza.
Kjana -
Chuyma, dejándose llevar por la secreta fuerza que lo dirigía, subió por la
pendiente arriba hasta la cumbre del cerro. En la cima notó que le
rodeaba una gran claridad que hacía contraste con la noche fría y silenciosa.
De pronto, una voz le dijo:
- Hijo
mío. He oído tu plegaria. ¿Quieres dejar a tus tristes hermanos un
lenitivo para sus dolores y un reconfortante para las terribles fatigas
que les guarde en su desamparo?
- Sí,
sí. Quiero que tengan algo con qué resistir la esclavitud angustiosa
que les aguarda. ¿Me concederás? Es la única gracia que te pido para
ellos, antes de morir.
- Bien,
- respondió con dulce tristeza
la voz - . Mira en torno tuyo. ¿Ves esas pequeñas plantitas de hojas
verdes y ovaladas? La he hecho brotar por ti y para tus hermanos.
Ellas realizarán el milagro de adormecer penas y sostener fatigas.
Serán el talismán inapreciable para los días amargos. Di a tus
hermanos que, sin herir los tallos, arranquen las hojas y, después de secarlas,
las mastiquen. El jugo de esas plantas será el mejor narcótico para
la inmensa pena de sus almas.
Después
de recibir varias otras instrucciones, el viejo lleno de consuelo, volvió a su
choza cuando la aurora comenzaba a iluminar la tierra y a platear las tranquilas
aguas del lago.
Kjana -
Chuyma, sintiendo que le quedaban pocos instantes de vida, reunió a sus
compatriotas y les dijo:
- Hijos
míos. Voy a morir, pero antes quiero anunciaros lo que el Sol,
nuestro dios, ha querido en su bondad concederos por intermedio mío:
Subid al
cerro próximo. Encontraréis unas plantitas dé hojas ovaladas.
Cuidadlas, cultivadlas con esmero. Con ellas tendréis alimento y
consuelo.
En las
duras fatigas que os impongan el despotismo de vuestros amos, mascad esas hojas
y tendréis nuevas fuerzas para el trabajo.
En los
desamparados e interminables viajes a que obligue el blanco, mascad esas hojas
y el camino os hará breve y pasajero.
En el
fondo de las minas donde os entierre la inhumana ambición de los que vienen a
robar el tesoro de nuestras montañas, cuando os halléis bajo la amenaza de las
rocas prontas a desplomarse sobre vosotros, el jugo de esas hojas os ayudará a
soportar esa vida de obscuridad y de terror.
En los
momentos en que vuestro espíritu melancólico quiera fingir un poco de alegría,
esas hojas adormecerán vuestra pena y os darán la ilusión de creeros felices.
Cuando
queráis escudriñar algo de vuestro destino, un puñado de esas hojas lanzado al
viento os dirá el secreto que anheláis conocer.
Y cuando
el blanco quiera hacer lo mismo y se atreva a utilizar como vosotros esas
hojas, le sucederá todo lo contrario. Su jugo, que para vosotros será la
fuerza y la vida, para vuestros amos será vicio repugnante y degenerador:
mientras que para vosotros los indios será un alimento casi espiritual, a ellos
les causará la idiotez y la locura.
Hijos
míos, no olvidéis cuanto os digo. Cultivad esa planta. Es la
preciosa herencia que os dejo. Cuidad que no se extinga y conservadla y
propagadla entre los vuestros con veneración y amor.
Tales
cosas les dijo el viejo Kjana - Chuyma, dobló su cabeza sobre el pecho y quedó
sin vida.
Los
desdichados indios gimieron inconsolables por la muerte de su venerable yatiri.
Durante tres días y sus noches lloraron al difunto sin separarse de su lecho.
Al fin, fue necesario pensar en darle sepultura. Para ello
eligieron la cima del próximo cerro. En silenciosa comitiva fueron los
indios hacia la cumbre, conduciendo el cadáver de su yatiri. Fue enterrado
dentro de un cerco dé las plantas verdes y misteriosas. Recién en ese
momento se acordaron de cuanto les había dicho al morir Kjana - Chuyma y
cogiendo cada cual un puñado de las hojitas ovaladas se pusieron a masticarlas.
Entonces
se realizó la maravilla. A medida que tragaban el amargo jugo, notaron
que su pena inmensa se adormecía lentamente… … …











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